
Feijoo, Ayuso, Aznar y alguien más en la sombra. La cúpula del Partido Popular empieza a darse cuenta de que el candidato a presidente no da la talla para ejercer un liderazgo ganador con lo de Ceuta tronando y sólo algunos mamporreros se mueven en la agitprop. A menudo me pregunto si las élites de las que los políticos derechistas son servidores se dan cuenta de cuáles son las mulas con las que tienen que labrar. Porque me cuesta creer que el gran dinero, el poder económico y no sólo gremial que aspira a recuperar el poder político –creen que les pertenece por derecho de cuna— es consciente de que los burócratas y trajinadores de cosas administrativas están a la altura de la exigencia requerida: acabar con el último bastión de la socialdemocracia en Europa. Con esa gente, con esos modos, con esas caras. Que un Aznar, después de todo lo que hemos visto, siga asomando entre las primeras filas, lo dice todo. Pero hace falta algo más que un liante experimentado para inclinar la balanza hacia su lado.
No sólo esos pseudolíderes derechistas, ni siquiera un sector de la judicatura armado por sus complicidades relativas a ideas o conjuras –uno atisba la mano de una sociedad secreta operativa en ciertas élites expertas en asuntos de estado—bastan para resolver la partida. Si no no asistiríamos a una batalla tan agria, a esa desazón que se expresa en un intento de desprestigio cuya víctima no es el presidente sino la nación entera. Los modos y el mal ánimo los conocemos, pero ahora asistimos a una rabia desesperada que huele a síndrome de Sansón, húndase el templo y la sociedad con él para que yo prevalga.
No, no se explica. Lo que significa que en todos esos años de democracia las élites realmente existentes no han sido capaces de dar con un líder a la altura como los que se dan en Europa: un Chirac, un Giscard, un Kohl, una Merkel, incluso un Sarkozy. El nivel es ese y nuestra situación es esta: las derechas españolas sólo han producido Aznares, Rajoys, Casados, Feijoos; ni siquiera pudieron soportar a un Suárez. El dinero todo lo compra pero no es capaz de alumbrar a un líder de derechas liberal que sirva a los intereses del capitalismo democrático.
Por eso las izquierdas deberían afrontar las próximas elecciones sin tentaciones como el desmadre ministerial o el síndrome de Monty Python, como empieza a ser llamado el sectarismo narcisista. El espantajo que se nos pone delante en forma de prensa vendida, reaccionarios de distinto pelaje, funcionarios judiciales sesgados o incluso obispos que no han digerido ni a San Juan XXIII podría ser aquello que antes se llamaba “un tigre de papel”. Los ciudadanos deberían ser conscientes de que el principio de una persona, un voto es un poder enorme. Y empezar a crear complicidades y sintonías a mil kilómetros de Monty Python.
Foto: Charles De Gaulle, líder derechista de Francia, antinazi.
Comentaris recents