Menuda pifia la idea de querer poner en evidencia al PP promoviendo en el Congreso una votación de condena al franquismo. El resultado ha sido que, involuntariamente, las fuerzas de izquierda que han lanzado esta iniciativa han ayudado al partido del gobierno en en su actual campaña de promoción política.
En el momento actual, las encuestas que maneja el PP, las de verdad y no las que muestra una vez maquilladas, le arrojan resultados más bajos de lo previsto en cuanto a intención de voto. De ahí que hayan emprendido una campaña de acentuación de su imagen más intransigente en diversos campos. La ley Wert y los ataques a la lengua catalana, las declaraciones en el sentido de promover una renacionalización del país, unificación de currículums escolares, llamamientos al patriotismo, son acciones encaminadas a influir en los sectores más proclives al orgullo patriótico irreflexivo, a la añoranza del autoritarismo y la mano dura, al antiautonomismo y el anticatalanismo puros y duros, y a lo que una vez se dio en llamar franquismo sociológico. El espectáculo de homenaje a la División Azul en Cataluña no es una frikada ni una salida de tono de la delegada del gobierno sino una pieza más, y no poco importante, en este juego. En la medida que el gobierno es incapaz de ofrecer un solo resultado esperanzador a las clases populares, recurre al nacionalismo español más elemental y más fácilmente asimilable por los menos preparados, a sabiendas de que esa medicina se ha probado siempre de la mayor eficacia en momentos de crisis. La iniciativa parlamentaria le ha venido como miel sobre hojuelas al PP para acentuar ese perfil deseado, y sin despeinarse. No es que no les importe quedar en evidencia, es que es esa evidencia la que desean mostrar. UPyD lo ha entendido a la primera y se ha apuntado a chupar rueda de esa corriente.
Las izquierdas no avanzan y no ganan porque tienen una visión sociopolítica de nuestro país propia del tardofranquismo y la transición. España ha cambiado mucho desde la muerte de Franco, y mucho más desde que los españoles de a pie tocaron dinero caliente con el boom del ladrillo. Franquista o fascista no es un insulto en muchos y amplios sectores populares; las realidades a que aluden esos apelativos les resultan indiferentes en el mejor de los casos. El electorado le entregó la mayoría absoluta al PP a sabiendas de lo que votaba: que gobiernen los que tienen pelas y los que saben ganar dinero para que su onda nos arrastre y volvamos a tocar pasta. El cómo ganen ese dinero no nos importa. De ahí que las informaciones constantes sobre asuntos turbios en financiación de partidos, coímas diversas o tramas Gürtel no le hacen la menor mella al PP en esos amplios sectores. Como Berlusconi en Italia: no es que no les horrorice, es que todos querrían ser como él.
La izquierda debe cambiar su visión idealizada de las clases populares si quiere gobernar. Y la izquierda debe gobernar si es que deseamos sacar al país de la miseria moral en que se halla hundido. No nos engañemos: la reacción indignada que se extiende en muchos sectores no es mayoritaria en la sociedad. Las quejas que se oyen por todas partes no implican necesariamente la reversión de la tendencia política o electoral: ni la izquierda parlamentaria incrementa significativamente su tendencia de voto ni los grupos de protesta y reivindicación son capaces de erigir estructura alguna capaz de provocar cambio alguno. Ada Colau, Alberto Garzón y otros personajes dignísimos no producen por si solos un liderazgo de amplio alcance sociopolítico. Las tentativas de hallar nuevos liderazgos en el PSOE son maniobras en el circuito cerrado del partido que no alcanzan ni los ribetes de la periferia social. El PP lo sabe y UPyD también. Y fabrican nacionalismo español hardcore porque eso sí que llega a todos los sectores.
La izquierda transformadora se equivoca al pensar que existe un poso ético capaz de ser removido por impulsos de conciencia. El momento de separar el grano de la acción política deliberada de la paja de la queja por la propia situación económica es el momento de acudir a las urnas. La táctica de Izquierda Unida, impulsada por el PCE hegemónico en ella –y también ahora en EUiA– pasa por tratar de organizar políticamente en torno suyo a lo que supone una amplísima indignación ética. Es una suposición aventurada, basada en creer que los grupos de Facebook son el electorado popular y que existe un hilo conductor entre el estado de la propia cartera y la conciencia de clase. El marxismo vulgar puede resultar letal en la sociedad en que vivimos para quien no escudriñe los oscuros y a veces desagradables recovecos de la sociedad compleja. Cien escraches al trimestre son compatibles con una mayoría justita del PP apoyada por UPyD dentro de dos años y medio.
El PSOE, más cínico por pragmático, es más consciente de la versatilidad de lo que se suele llamar el pueblo llano. Pero no tiene material que despachar en el mostrador del nacionalismo, incluso cuando Griñán, Chacón o López sacan el muestrario hallan que el género de la competencia luce más; la agresividad y chulería falangista son aquí un pedigrí que no se improvisa en dos días. Y lo dramático es que parecen no hallar producto que complazca a los desesperados que están dispuestos a aceptar sueldos de 400 euros a cambio de contratos cuasiesclavos. No, al PSOE no le va tan mal, pero el drama de la socialdemocracia es éste: estaba pensada para servir a las clases populares deseosas de mejorar regenerándose pero no a un proletariado descabalgado de esa condición y al borde del lumpen.

Este artículo fue reproducido por la edición digital de El Periódico de Catalunya.
Llevo días preguntándome por la razón de ese malhumor, esa adustez, esa actitud permanente de enfado por parte de los miembros del gobierno de España. Desde que el Partido Popular alcanzó el poder, el espectáculo que dan sus dirigentes políticos es poco menos que insólito en una democracia parlamentaria normal. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría riñe al personal cual señorita Rottenmeyer cada vez que habla en televisión; el ministro Montoro emplea un tonillo de pijo ensoberbecido para dar forma a lo que él cree un acento irónico y que no es más que desprecio vulgar; Cospedal parece estar permanentemente dispuesta a pedir a su interlocutor que salga con ella a la calle para ajustar cuentas,y ahora la delegada del gobierno en Madrid, Cifuentes, va y dice que los ciudadanos desesperados por las medidas antisociales que los suyos implementan son proetarras. De la delegada del gobierno en Cataluña sólo me cabe decir que nada más verla se me aparece, rediviva, la Sección Femenina entera con su actitud de reconvenir airadamente a las señoritas díscolas.
Uno había llegado a pensar que la bronca constante era una estrategia política aprendida en los think tanks de la derecha reaccionaria norteamericana y que cesaría en cuanto esa fuerza política hubiera conseguido su objetivo. Pero no, incluso con una oposición desballestada encarnada por un PSOE que vive sin vivir en él la bronca se dirige ahora en sentido inverso, desde el gobierno a la oposición, sin que tales embates tengan sentido ni utilidad política: le cogen gusto a ese desabrimiento, al “y tú más” y a una forma de trato público en los asuntos públicos que raya con la mala educación cuando no la supera plenamente.
Hasta hace poco yo no comprendía ese comportamiento. Traté de explicármelo achacándolo a los antecedentes de esa derecha española en el gobierno: el franquismo, el autoritarismo como actitud ante la vida, la bronca falangista como modo de conseguir cosas, porque la derecha española es la única derecha de la Europa democrática que no ha roto explícita y declaradamente con el fascismo. Uno comprueba que en cada ocasión que se les ofrece o tienen para decir sin ambages que el régimen de Franco fue una aberración y que ellos y su partido, como demócratas, son contrarios al fascismo, se revuelven una y otra vez reluctantes a hacer una afirmación que cualquier dirigente de cualquier derecha alemana, francesa, inglesa o italiana (excepto Berlusconi) hace siempre con toda normalidad. La derecha española no es liberal, en suma. Pero eso no es suficiente para que yo me pueda explicar este motivo que me hace reflexionar.
Por supuesto, los mencionados antecedentes pesan en las actitudes de las personas, y cada cual es hijo de su ascendencia. Pero se supone que los políticos liberales son, o debieran ser, pragmáticos ocupados en hacer que sucedan cosas, en conseguir logros y en gestionar situaciones concretas. Por tanto, sus conductas deberían, en buena lógica, responder a ese sentido práctico. Entonces no se explica la persistencia en ese combate contínuo contra todo y contra todos que caracteriza a los gobernantes y dirigentes del Partido Popular, cuando no solamente han conseguido el poder sino que se han beneficiado de la derrota del terrorismo etarra que logró Zapatero, han visto cómo las fuerzas políticas vascas han entrado en un nuevo ciclo en el que la reclamación de la independencia parece algo de lo que todo el mundo se desentiende y cómo el PSOE no solamente es incapaz de ejercer el papel de oposición rigurosa sino que bastante trabajo tiene con evitar que su organización sufra un proceso de deslavazamiento. ¿Por qué la bronca, si nadie amenaza tu poder? ¿Acaso no se supone que los políticos deben cuidar de aparecer atractivos a los ciudadanos para poder ser votados por estos? ¿Qué tipo de partido democrático es el PP que parece querer ahuyentar de si a los votantes de centro, de las capas medias, que son quienes deciden las mayorías parlamentarias?
Y es ahí cuando se me enciende la bombilla. El PP no está interesado en atraer votantes moderados. Entonces, ¿cómo pretende ganar elecciones? Como lo ha hecho hasta ahora: expulsando a los votantes moderados del interés por la política y de la acción electoral mediante una combinación de asqueo, hartazgo, desánimo y miedo.
Pues existe otro modo de ganar elecciones, y es reducir el número de los votantes fomentando la abstención para quedarse con el concurso de los fieles. Las políticas bronquistas de la derecha desmoralizan a los ciudadnos moderados –diría incluso que a los bien educados– y asimilan la política a los shows de la televisión en los que la gente se ofende o ridiculiza y las tertulias en las que se grita, miente y amenaza. El resto lo hace el alma castiza del “pueblo llano”, que se impresiona con los chulos porque los cree audaces y desconfía de la inteligencia penetrante porque la cree elitista: en muchas cosas, este país está aún en la época de Fernando VII. El anticatalanismo como bálsamo de Fierabrás para cualquier emergencia hace el resto.
No se trata, sin embargo, únicamente de expulsar de la política a la mayoría de la gente sino de algo aún peor. El proyecto del PP no pasa por haber conseguido gobernar y a continuación gestionar una crisis económica o lo que narices sea lo que vivimos. El PP tiene la misión de transformar profundamente la sociedad española mediante una cirugía de hierro para lo cual necesita ejercer el amedrentamiento de la ciudadanía como política de gobierno.
Para llevar adelante esa política no basta con desmantelar el estado del bienestar, privatizar todos los servicios posibles y someter cualquier medida al beneficio del poder financiero. Es necesario hacerlo provocando al mismo tiempo una profunda desmoralización en la sociedad. En el doble sentido de la palabra: haciéndole creer que no es posible hacer otra cosa, que no es posible una alternativa y que hay que conservar siquiera unas migajas de lo que se tiene, y además, provocando la transformación del ánimo de la gente encaminándolo hacia un estado de malestar constante, desazón, bronca, enfado. La adustez malcarada gubernamental es un proyecto político en si mismo.
Entonces aparece otra cuestión a la que no veo referirse a nadie. El verdadero papel que la rabia y el mal humor juegan en esta situación. Y entonces reflexiono sobre un error o insuficiencia fundamental de la izquierda política y social: una comprensión equivocada del papel de la psicología en política, una confusión entre el estado de ánimo crítico y disconforme que conduce a la lucha por el cambio social y el airado e indignado que aparentemente representa rebeldía pero que objetivamente no produce transformación política alguna.
El PP, con su política de amedrentamiento, es capaz de pechar con cuanta protesta se le eche. Ya ha deglutido dos huelgas generales como si nada. El movimiento 15M no le ha hecho rasguño alguno, y cuando un spin off de este movimiento ha ajustado su ángulo de tiro, como la PAH, le ha bastado con recurrir a un argumento manido de su política de bronca aplicada en Euskadi: asimilarlos con terroristas. Es absurdo y nadie puede dar crédito a esta memez, pero es sobre memeces como esta que el PP gobierna. (En realidad, el PP está agradecidísimo al escrache, a la indignación por Urdangarin, a la amiga del rey y a todo lo que se menea porque ello distrae la atención de lo que realmente importa, que no se le vincule a una descomunal trama de financiación ilegal).
Lo que este periodista ve, y puedo estar equivocado, es que la indignación ciudadana no ha provocado un solo cambio político progresista en España, porque el PP posee una vacuna de momento muy eficaz. La propuesta indignada de Hessel es válida para los gobernantes de la derecha liberal que conservan la vergüenza pero no en nuestro caso. La indignación representa, afortunadamente, el ingreso de los jóvenes en la preocupación política y un posicionamiento ético muy loable. Pero el estado de ánimo actual de indignación y rabia generalizada no hace cambiar ni un milímetro la situación. Para ello hace falta política, política organizada, política representativa, política parlamentaria, acciones que produzcan modificaciones de estatus políticos y jurídicos allí donde deben producirse. No se atisba en el horizonte que tal cosa vaya a suceder, y si Izquierda Unida cree que ahora hay una alternativa es que han perdido el sentido de la realidad. Ni siquiera un sorpasso al PSOE lo suscitaría, pues la bronca y su amplia gama de recursos traga con eso y mucho más, las acusaciones a la PAH y el inicio del desprestigio de Ada Colau (ya la acusan de beneficiarse de subvenciones) son solamente un aviso a navegantes de lo que esta gente es capaz.
El papel de la izquierda debe ser moralizar el país. Mostrar y demostrar que es posible acabar con esta situación por medio de la acción política organizada. Y por medio de un modelo de movilización que debe desmarcarse de planteamientos ya superados por los hechos. No se trata sólo de “indignarse y luchar” sino de rescatar a las personas del clima de desánimo y de la rabia que les lleva a cocerse en su propia salsa. Al poder financiero le importa un bledo lo indignados que estemos o cuántos podamos estarlo. Le inquieta que la gente organizada políticamente pueda provocar cambios políticos y jurídicos. El desprecio de la política por la gente enfadada es un regalo para los interesados en la destrucción de nuestra sociedad para entregarla inerme al poder del dinero. La lucha es democrática, es por la democracia, por el respeto a las libertades y a la soberanía del ciudadano. Hay que inventar una forma de lucha democrática que supere la indignación para, friamente, elegir objetivos y estrategias que produzcan cambios. Porque la rabia no ha producido cambio alguno. Y el pueblo llano, indignado y lleno de razón, solo y enfadado, sin las capas medias moderadas que producen cambios en la política, puede caminar decididamente e indignadamente hacia la derrota final.
Foto: Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del gobierno de España.
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