Me niego a llamar crisis económica a lo que estamos viviendo. Esto es una cosa muy diferente: no es una crisis cíclica del sistema capitalista sino una contrarrevolución antidemocrática. A simple vista, esto parece una exageración, pero hoy, Josep Ramoneda parece darme la razón cuando apunta, en El País: “¿Cómo explicar la obstinación de las élites europeas en mantener unas políticas de austeridad que sólo agravan la crisis y hacen más profunda la recesión? ¿Qué hay detrás de este empeño en autoconvencerse de que no cabe otra política que la que está cortando las alas a unos países que cada vez vuelan más bajo? ¿Adónde quieren llegar?” E insinúa: “Desde una perspectiva socioeconómica hay razones para sospechar que se está aprovechando la crisis para hacer un nuevo traje legal a la medida del nuevo capitalismo”.
Yo lo digo de un modo más crudo. Esta contrarrevolución antidemocrática se está cociendo desde los años 80. Primero, la avanzadilla de la “revolución conservadora” de Ronald Reagan, Margaret Thatcher i los economistas de la escuela de Chicago con Milton Friedman. Objetivo entonces: desregulación y privatización para implementar un nuevo capitalismo que rompiese con los equilibrios socioeconómicos de la postguerra mundial, es decir, el pacto democrático por el estado del bienestar. Después, los llamados neoliberalismo y globalización, en tanto que modelo centralizador de un capitalismo financiero que potencia la ascensión de unas finanzas apátridas y sin control democrático, para lo que necesita la destrucción de todo vestigio de políticas de corrección de desequilibrios económicos de tipo keynesiano. Ahora nos encontramos en la etapa siguiente del proceso: el ataque del capitalismo financiero contra el capitalismo industrial, para zampárselo y acabar así no sólo con el estado del bienestar sino con el estado a secas. Este ataque pasa per inocular el miedo entre los ciudadanos asalariados, hacer retroceder sus derechos laborales y civiles, convertir en prescindibles los trabajadores vinculados a la producción y subalternizar a los trabajadores de los servicios. Dar la hegemonía al poder financiero sin control democrático y adjudicar al poder político el papel de ejecutor del plan global de suplantación del estado democrático por unos “mercados” que no son tales sino los mecanismos coordinadores del capital financiero apátrida.
El ataque viene de lejos y nos sorprende por un error de perspectiva histórico: hemos creído que con la caída del muro de Berlín y el final de la guerra fría el bloque soviético había sido derrotado por las fuerzas de Ronald Regan y Karol Wojtyla. En absoluto, el socialismo realmente existente no fue derrotado por el neocapitalismo sino que se hundió solo, por obsoleto e inoperante. El sistema estaba huero y colapsó. El objetivo del neoliberalismo no era (solamente) quedarse sin oponente al este; la verdadera pieza a cobrar era el estado social y democrático occidental, que iba enforteciéndose cada vez más mediante el proyecto de Unión Europea. Por eso el neocapitalismo no podía limitarse a un avance gradual sino que tenía que realizar un ataque frontal decisivo según la lógica de esa estrategia. Ese ataque frontal es lo que mal llamamos crisis.
Ahora asistimos a la batalla estratégicamente relevante para este proyecto de dominación, en el que las élites europeas se cuidan bien de atacar desde dentro a la unión, poniendo a su frente dirigentes de perfil bajo (Van Rompuy, Ashton), utilizando las estructuras comunitarias como unos nuevos Cien MIl Hijos de San Luis desarmados que impongan su diktat y así, de paso, enajenar a las poblaciones de las naciones del sueño de una Europa unida como salto adelante democrático y social. La operación es redonda: devolver el capitalismo a un estatus legal y social previo a 1945 y desarticular la única utopía realizable en occidente, una Europa democrática avanzada socialmente.
Por eso no nos las habemos con un problema de creación de puestos de trabajo o de simple defensa de derechos laborales. Esto es otra cosa, y va para largo. La crisis durará lo que dure el ataque para retrotraernos a los años 30.
La periodista y escritora Angeles Caso, que ha presentado el Telediario y ganado el premio Planeta, ha publicado un artículo titulado con el encabezamiento de este post y que reproduzco entero a continuación. Esta mal llamada crisis, que es una contrarrevolución antidemocrática del capital financiero, nos va a obligar a descubrir el sentido de la vida, a aprender a vivir como es debido y a valorar lo que vale la pena. Comencemos, pues, por esta lectura.
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Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo.
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