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Universalismo

Volvamos a la Luna y más allá: una misión humanística y espiritual

Mi hija nació el año y el mes en que el hombre llegó a la Luna y caminó sobre ella, así que esa es una fecha muy importante para mí. No vi el alunizaje del “águila” en directo porque en casa no había televisión ni dinero para comprarla. Yo tenía entonces 19 años, me había casado el año anterior y trataba de abrirme camino como periodista. Mi mundo estaba lleno de descubrimientos, novedades, ilusiones y en transformación constante, aquel era el año del festival de Woodstock, del estado de excepción implantado por la dictadura en España, del fortalecimiento de Comisiones Obreras y el Partido Comunista, el descubrimiento de la contracultura y el convencimiento de que si la civilización podía llegar a la Luna también podía hacer que los buenos ganasen la guerra de Vietnam. Tenía, en aquel momento, desplegándose ante mí la realización posible de mi utopía personal y la de la humanidad. Ahora mismo, mientras redacto estas líneas, llevo puesta una gorra igual que la que llevaba la joven protagonista de la película Tomorrowland, con el emblema de la NASA, film que define mi manera de ver el mundo y mi personalidad.

Cincuenta años después de aquella epopeya, en este momento debería haber una base permanente y habitada en la Luna, dedicada a la investigación científica y el desarrollo tecnológico, a manera de las bases de la Antártida y preferiblemente de gestión internacional compartida. Debería existir un servicio regular de lanzaderas espaciales o mejor, un ascensor orbital para ir y venir de la Luna, tal como lo imaginaron Arthur C. Clarke y Stanley Kubrik como desideratum para el año 2000. Que no exista nada de esto en el día de hoy es una vergüenza para el género humano, para los científicos y para los dirigentes políticos que podrían tomar decisiones en favor de ello o presionar e influir para hacerlo posible. Los movimientos sociales progresistas han vuelto la espalda a la conquista del espacio, incluso a un objetivo tan modesto como el aprovechamiento científico de nuestro satélite, centrados como están –con toda justicia y pertinencia– en el propio planeta. Con toda la razón del mundo en este caso y con toda la estupidez en otro, el hombre ha dejado de mirar al cielo y anda dando traspiés con la vista fija en el pequeño pedazo de suelo que pisa, aun sin percibir la realidad profunda de uno y de otro. Un tiempo en que los hombres agachan la mirada, esa podría ser la definición de nuestro tiempo histórico actual.

Se dice que este estado de cosas se debe al descrédito de la idea de progreso. Maldito sea tal descrédito, pero un servidor cree que hay algo más, más profundo. Esa parálisis, abandono de la idea de progreso incluida, se debe a que hemos quedado prisioneros del miedo, un miedo que sería paralizante de no ser que se trata de una fuerza perversa que nos hace retroceder. Ese miedo ha sido inoculado en el cuerpo social a todos los niveles, y lo ha sido de modo deliberado en pro de un objetivo: revertir las conquistas sociales conseguidas entre los siglos XIX y XX especialmente las de la segunda mitad del siglo pasado. El verdadero test de la modernidad es averiguar cuánta democracia es capaz de resistir el capitalismo. La cultura progresista se ha entregado a ese miedo atada de pies y manos, como demuestra que la imaginación del futuro ha derivado hacia la sustitución de la utopía tecnocientífica y social por una serie de distopias, que son todo lo creativas que se quiera pero que para mí son signos inquietantes de involución. Las distopias literarias y audiovisuales de hoy gozan de mucho predicamento pero un servidor se alza furiosamente en su contra: porque no sólo no son liberadoras sino que ni siquiera sirven como denuncia. No hay denuncia en ellas sino expresión de la porción particular de miedo interiorizado por la cultura a la que pertenecen, y no son liberadoras porque no conducen a una acción lecesariamente optimista sino que hunden aún más en el desánimo a aquellos a quienes se deseaba desanimar en términos estratégicos. El trueque de la utopía futurista del espacio por la distopia presente  marca el cambio de época fundamental de la era transmoderna: el día que empezamos a caminar hacia atrás como los cangrejos, con gesto compungido, aflicción de ánimo y temor ante un porvenir que se cree un guatepeor después de un guatemala.

Necesitamos recuperar la utopía espacial de signo futurista, tenemos que devolver nuestra mirada al cielo, tanto mediante la astronomía, la astrofísica y la astronáutica como por la mitología creativa expresada por la astrología y otros constructos míticoliterarios que apuntan hacia cosmologías de un universo coherente con la existencia de la humanidad. Debemos combatir el negacionismo relativo a la crisis climática esgrimido por los enemigos de la ciencia y al mismo tiempo hacer ver a los progresistas que su reversión no tendrá lugar con menos tecnología sino con más, aunque de una naturaleza distinta. Hemos de soñar con unas galaxias lejanas que un día llegaremos a conocer, hemos de combinar la cultura científica con la humanística y recuperar un sentido del progreso que se base no en la dominación técnica sino en la realización del ser.

DOS NOTAS SOBRE LA NECESARIA INSPIRACIÓN ESPIRITUAL PARA LA UTOPÍA HUMANÍSTICA:

UNA. Buzz Aldrin llevó consigo en la cápsula espacial de la misión Apolo XI a la Luna la bandera masónica del Supremo Consejo del Grado 33º de la Jurisdicción Sur de Estados Unidos, a la que pertenecía en tanto que maestro masón del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, Grado 33ª. Con ella quiso simbolizar la idea de progreso, de fraternidad universal y de empeño colectivo por la realización de lo mejor del ser humano. La masonería, mediante uno de sus miembros y emblemas, estuvo presente en ese gran paso para la humanidad.

DOS. El mismo Aldrin tomó la Sagrada Comunión momentos antes de descender sobre el satélite. Había llevado consigo en la cápsula el sacramento bajo sus dos especies autorizado por su iglesia, la Iglesia Presbiteriana estadounidense en la que él era anciano. La aspiración humana a lo divino estuvo igualmente presente en la misión espacial, con Buzz Aldrin uniendo en su persona y cualidad de explorador de última frontera su condición de miembro de la fraternidad laica y la pertenencia eclesial (en 1994, tres astronautas católicos tomaron la Sagrada Comunión a bordo de la lanzadera espacial Endeavor).

La misión Apolo XI sigue indicando el camino de la recta orientación de la ciencia mediante la motivación espiritual y humanista. Algún día aprenderemos.

Ilustración: postal conmemorativa masónica en la que se declara la pertenencia de Buzz Aldrin a la masonería filosófica.

Acerca de gabrieljaraba

Periodista, escritor y profesor universitario. Investigador de Internet.

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BIENVENIDOS A MI BLOG

DR. GABRIEL JARABA
Doctor en Ciencias de la Comunicación y Periodismo.

Soy un periodista senior en ejercicio desde 1967, con experiencia en prensa, radio, televisión e internet. Me dedico a tareas académicas y de activismo social como Doctor en Ciencias de la Comunicación y Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente sirvo como profesor en esa Universidad; en la Cátedra Internacional UNESCO Unaoc UniTwin de Alfabetización Mediática y Diálogo Intercultural, la Cátedra UNESCO de MIL para el Periodismo de Calidad, la Cátedra RTVE-UAB para la Innovación de los Informativos en la Sociedad Digital y en el Gabinete de Comunicación y Educación de la UAB.

Soy analista de la información y los medios en la Fundació Periodisme Plural y escribo en el diario Catalunya Plural. Hago investigación en comunicación, en redes sociales de internet y en humanidades digitales. Elaboro métodos de impulso de la creatividad y de gestión mental.

Autor de los libros Periodismo en Internet (Ed. Robinbook); Twitter para periodistas (Ed. UOC); Youtuber (Ed. Redbook) y ¡Hazlo con tu smartphone! (Ed. Redbook) y coautor de otras obras sobre comunicación y educación.

Como ciudadano promuevo el apoyo a Naciones Unidas en la perspectiva de Una Sola Humanidad, como colaborador de la ONG internacional World Goodwill – Buena Voluntad Mundial.  Soy miembro de la European Transpersonal Association y del Institut de Psicologia Transpersonal de Barcelona. Propongo un universalismo inclusivo basado en el humanismo y desde el catolicismo que ejemplifica el papa Francisco, y soy feligrés de la parroquia de Santa Anna.

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