Feliz Navidad con Chesterton

Este año quiero felicitar la Navidad a los lectores de mi blog con un fragmento de Gilbert Keith Chesterton, el gran escritor cristiano inglés que hizo observaciones muy profundas e inusuales sobre la tradición de la natividad de Jesús. Como esta:

“Cualquier agnóstico o ateo que en su niñez haya conocido la auténtica Navidad tendrá siempre, le guste o no, una asociación en su mente entre dos ideas que la mayoría de la humanidad considera muy lejanas entre sí: la idea de un recién nacido y la idea de una fuerza desconocida que sostiene las estrellas. […] Para esta persona, la sencilla imagen de una madre y un niño tendrá siempre sabor religioso, y a la sola mención del terrible nombre de Dios asociará en seguida los rasgos de la misericordia y la ternura. Pero las dos ideas no están natural o necesariamente combinadas para un griego antiguo o un oriental, como el mismo Aristóteles o Confucio. […] Ha sido creado en nuestras mentes por la Navidad porque somos cristianos, aunque sólo sea psicológicamente y no en un plano teológico. En otras palabras, esta combinación de ideas, en frase muy discutida, ha alterado la naturaleza humana. Realmente hay una diferencia entre el hombre que la conoce o no. […] Es un hecho patente acerca del cruce de dos luces particulares, la conjunción de dos estrellas en nuestro horóscopo particular: la omnipotencia y la indefensión, la divinidad y la infancia, forman definitivamente una especie de epigrama que un millón de repeticiones no podrán convertir en un tópico. No es descabellado llamarlo único. Belén es, definitivamente, un lugar donde los extremos se tocan”. (El hombre eterno, cap.10).

Alguien podría argumentar, siguiendo al inolvidable creador de las aventuras del padre Brown, que por ese camino podemos llegar a la combinación de sabiduría y compasión que propone como summum bonum el budismo tibetano, o a la unión de piedad y caridad que practica el musulmán, sikh o jaina. Yo me atrevo a señalar que la verdadera singularidad del cristianismo en el conjunto de la herencia espiritual de la humanidad entera es el perdón, con su radical distinción ética. Pero Chesterton va más allá: si Belén es donde los extremos se tocan, allí es donde se realiza la unión entre Alfa y Omega: Cristo es eso. Por eso el cristianismo encierra todo el potencial esotérico de cualquier tradición espiritual digna de tal nombre: porque ese Alfa y Omega proclama que el infinito puede tocarse con la mano mediante el perdón, que es el fruto de la omnipotencia inseparable de la indefensión, paradoja insuperable y apabullante. Quien desee ser poderoso no podrá comprenderlo y quien albergue un afán de revancha tampoco. Esa era la enseñanza espiritual suprema que, certeramente, Jesucristo afirmó que los adultos y los sabios no pueden entender y que los niños y los simples practican.

Que la luz de Belén os ilumine a todos esta Navidad y el próximo año 2018.

Imagen: La adoración de los pastores, por Matthias Stommer.

Obra de y sobre G. K. Chesterton

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