¿Podrá Pepe Carvalho seguir siendo Pepe Carvalho?

mvm
¿Nos gustará tanto el nuevo Pepe Carvalho escrito por Carlos Zanón como nos gustaba el original creado por Manuel Vázquez Montalbán? Antes de que comiencen a prodigarse los dengues y las descalificaciones, recordemos que James Bond siguió siendo quien era cuando Ian Fleming dejó de escribir la serie, o, si se desea una referencia literaria de más solera, recuérdese el modo de producción de Alejandro Dumas padre e hijo y sus “negros” literarios, sobre cuyos avatares sigue resplandeciendo D’Artagnan. Ello viene a cuento de la “propiedad” de Pepe Carvalho, cosa que la familia de Vázquez tiene clara como propietaria de sus derechos: estos dan cuenta del tema. Por eso han decidido legítimamente encargar a un nuevo escritor la continuación de la serie.
Yo creo que la cuestión no está en la autoridad o capacidad de Carlos Zanón para revivir a Carvalho. La cosa reside en que Carvalho tiene más de lo que cada uno de nosotros ha puesto en él con nuestra propia mirada que lo que le puso su creador. Ahí está la genialidad de Manolo Vázquez, construir un personaje espejo que reflejara todos nuestros fantasmas colectivos en tanto que generacionales, comenzando por hacerlo él mismo. Carvalho es hijo de una complicidad colectiva, es un punto donde convergen muchas miradas que buscan hallar en el reflejo de vuelta la confirmación de que contra Franco luchábamos mejor pero al fin y al cabo nuestra vida y actos valieron la pena.
En mi modesto entender, la cosa tendría que plantearse al revés, y trataré de explicarme. El personaje de Pepe Carvalho nació de una apuesta, en un juego intelectual de un grupo en el que alguien puso el reto de a ver quién era capaz de escribir una novela negra en un mínimo tiempo posible. Manuel Vázquez Montalbán recogió el guante y se puso manos a la obra, con la persistencia, habilidad y rapidez propias del periodista que era: un estajanovista redaccional acostumbrado a que te reclamen urgentemente el original que debía estar listo para ayer, a multiplicarse para atender las colaboraciones más diversas –fútbol, política, memoria sentimental, decoración, canción, literatura, historia– y que por tanto, en algún momento la confianza en la propia rapidez hacía que pasaran inadvertidos algunos flecos sobrantes en el trabajo. Ese es el problema que tenemos los periodistas cuando nos metemos a escribir en tareas no periódicas: a veces nos cuesta darnos cuenta de ciertas profundidades y longitudes de recorridos que en ellas se imponen. Trabajé con Manuel Vázquez Montalbán en la revista Primera Plana cuando él era el director y yo redactor jefe y colaboré con él en muy diversas tareas, tanto periodísticas como políticas, incluida la revisión de algunos originales de la serie Carvalho antes de que se entregaran a la editorial y conozco la naturaleza de estos avatares.
El personaje de Pepe Carvalho nació pues de la urgencia propia de la apuesta –tengamos en cuenta que fue rescatado de una obra previa, Yo maté a Kennedy— y fue construido como una especie de figura de Arcimboldo, reuniendo protéicamente en él todas las filias y fobias de su autor, quien no solamente le hacía decir lo que él mismo pensaba sino aquello que detestaba. Crear a Carvalho, Charo y Biscuter fue para MVM la hora de la verdad para poner a prueba sus tesis expuestas en su Manifiesto subnormal (una obra de la que pocos parecen acordarse) de modo que se hiciera evidente que la subcultura de su tiempo, fruto de la cultura de masas y también de la interacción de la misma con la cultura de verdad, fuera reveladora del momento histórico realmente existente. Carvalho fue creciendo novela a novela, y fueron también los lectores quienes le hicieron crecer, gracias a las finísimas antenas de Vázquez, que captaban hasta el más ligero movimiento sísmico social a su alrededor.
El genio de Vázquez Montalbán supo convertir lo que en principio fue un juguete literario en un canalizador del subconsciente colectivo de una generación, y empleo aquí a posta el término en su sentido junguiano. Lo cuidó y mimó sabiendo que haciéndolo cuidaba también a los lectores, y así fue convirtiéndose, de poco menos que de personaje de comicDick Tracy empezó también así– en persona; Manolo era muy consciente del alcance filosófico del Frankenstein de Mary Shelley. De este modo, Vázquez hizo realidad un logro que tiene mucho de gramsciano, transitar de lo biográfico personal al ámbito de la biografía colectiva de los pueblos. Y sólo por eso ya merece la gloria.
Todo esto ha hecho de Pepe Carvalho no solamente un personaje hijo de su autor sino del conjunto de sus lectores. Ello hace que la apuesta actual de recuperarlo del cementerio de los libros olvidados sea particularmente comprometida: se pondrá a prueba la posibilidad de que esa conexión sutil y secreta entre héroe y público siga manteniéndose y creciendo. Ese es el reto al que el autor actual tendrá que enfrentarse. El Carvalho que recoge está todavía en construcción y estoy seguro de que este escritor es perfectamente consciente de ello.
Fotografía: Manuel Vázquez Montalbán en el Barrio Chino de Barcelona.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s