Quien tiene un amigo tiene un tesoro: el día que recibí un homenaje en el Aula Magna

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El pasado viernes 27 de noviembre, en el transcurso de la IV Jornada de Comunicación, Viaje y Aventura, me llevé la mayor sorpresa de mi vida y la más inesperada: mis compañeros de la Universidad Autónoma de Barcelona me ofrecieron un homenaje, en forma de reconocimiento a mi trayectoria periodística, ante toda la audiencia asistente al acto en el Aula Magna, formada por participantes en el encuentro y un gran número de alumnos de Periodismo.

Hay dos maneras de escribir en el blog personal de uno sobre un asunto como este. Una, en broma, quitándole importancia al tema. Otra, en serio, dándosela. Tendré que hacer uso de los dos modos, porque la cosa tiene su qué. Mi persona no tiene ninguna importancia: todos;  somos necesarios pero nadie es imprescindible, a rey muerto rey puesto y muerto el perro se acabó la rabia. Pero lo que sí que es importante, y mucho, es que los amigos de uno tengan la amabilidad de expresarle su afecto y hacerlo de manera pública y tan contundente como la entrega de un diploma, precedida de un vídeo en el que el interfecto aparece vestido de primera comunión y antes, paseando en el cochecito de bebé, para pasar, sin solución de continuidad, a mostrarse la portada de la revista “Fans” de 1967 en la que aparezco con mi grupo musical, Els 3 Tambors con Manolo Escobar en la misma plana. Poder comprobar en vivo y en directo –nunca mejor dicho– que las personas con las que comparto actividad académica en la UAB le tienen a uno tanto cariño es algo sencillamente emocionante. Uno se siente privilegiado al vivir una cosa así.

Yo siempre he sido un currante todo terreno del periodismo y la comunicación. He asumido tareas poco brillantes y luego he publicado una columna con foto cada día en El Periódico; he salido cada semana en programas de radio y televisión y más tarde me he pasado 19 años en TV3 sin asomar la nariz por la pantalla ni aparecer en ningún otro medio; he sido reportero y entrevistador y al mismo tiempo compaginador en las platinas de los talleres de impresión en plomo. Del mismo modo que llegué a los medios de comunicación aprovechando mis conocimientos de música y espectáculo, traté de introducir en ellos la necesaria visión de la web 2.0, y he salido de ellos para husmear en la universidad en busca de cómo las ciencias sociales nos pueden ayudar a hallar un futuro para la comunicación. Me matriculé de primero de Periodismo en la UAB con 50 años –era periodista autodidacta desde los 17 aunque colegiado– y el primer trimestre de 2016 seré, si la cosa no se tuerce, Doctor en Comunicación y Periodismo. Lo menciono no para darme lustre sino para destacar algo que ha pasado a la historia: todavía quedamos gente que creemos que el trabajo es sagrado. La dignidad del ser humano es inherente a él mismo, sin ningún otro atributo, pero el trabajo expresa esa dignidad en el cuerpo social. Yo no soy mi profesión, no soy lo que hago, pero lo que hago me hace. He cambiado de forma muchas veces dentro de mi profesión, me he reciclado una y otra vez, podría decirse que la expresión “reinventarse” la inventé yo.

Ahora, “nel fin del camin della mia vita”, parafraseando a uno de mis héroes literarios, tengo la enorme suerte de estar acompañado de gente joven, no sólo alumnos sino profesores; mi tutor de doctorado, el Dr. Santiago Tejedor, tiene 32 años (fue él quien urdió la trampa que me tendieron el viernes). Todos ellos son un estímulo y un ejemplo para mí: su compromiso constante con la construcción de conocimiento, su capacidad de crear maneras de investigar y de enseñar, su disponibilidad para poner en marcha cualquier actividad en cualquier momento. Concluída mi etapa de trabajo en los medios, esta estancia universitaria es para mí un privilegio que me hace crecer y me estimula cada día.

El crecimiento que he experimentado ha sido tal que, como se decía antes en una frase hecha que resultaba algo rancia, “el éxito sorprendió a la propia empresa”. Mis aprendizajes no se han limitado a las materias propias de la comunicación; incluyen la antropología, la filosofía, la historia, la hermenéutica, el arte, la literatura,  la psicología, la sociología, incluso las artes tradicionales precientíficas,  y en este momento mi mirada hacia las cosas y el mundo es transdisciplinar; la creencia de que una sola disciplina y un solo método bastan para conocer es una superstición. Mi vocación docente se ha extendido hasta la educación y la psicoterapia, gracias al apoyo de Magda Solé, directora del Institut de Psicologia Transpersonal de Barcelona, de cuyo equipo de formadores soy parte. Fue precisamente Magda quien me hizo entrega del diploma del reconocimiento en el acto del Aula Magna, no sólo porque más que amiga es hermana, sino porque ella ha sido testigo de mi evolución durante los últimos 25 años. En este tiempo me he descubierto como docente y he hecho de la docencia una práctica que extiendo a todos los niveles, desde la estricta formación académica hasta el entrenamiento en todo tipo de habilidades personales. Comunicación, educación y terapia es un triángulo –¡equilátero!– que puede aplicarse en la mentoría, el entrenamiento o la búsqueda vital en clave de mayéutica. Tengo la suerte de contar con el apoyo del Gabinete de Comunicación y Educación, del que formo parte, con el magnífico apoyo de José Manuel Pérez Tornero, Santiago Tejedor, Mireia Sanz, Geisel G. Graña, José Maria Perceval, Marta Portalés, Santiago Giraldo, Xavier Ortuño, Ricardo Carniel, Maria José Recoder  y toda la gente que aparece en la dedicatoria de mi último libro.

En el parlamento –digamos que de aceptación– que hice el día del homenaje (ved el enlace al pie de este texto) mencioné lo que se ha convertido para mí en un eje vital: el aprendizaje contínuo como modo de vida. En las fotos que incluye el vídeo con el que fui sorprendido a traición por mis compinches aparece un niño, un joven que quería estudiar para aprender y conocer. Ahora me he convertido en un hombre que pretende interpretar y explicar. Una vida de aprendizaje, primero autodidacta, luego académico, me ha conducido hasta aquí: vivo un raro momento en el que siento que todo encaja, una extraña sensación de que han caído barreras y límites: estoy degustando el sabor de la libertad. ¿Por un acto de homenaje en la universidad? Por la expresión colectiva, cálida y sincera, del amor de gente que me quiere.

La web del Gabinete de Comunicación y Educación publica una reseña del acto.

Un grupo de alumnas han incluido una crónica audiovisual del homenaje en la web que hicieron como prácticas, dedicada a l Jornada de Comunicación, Viaje y Aventura. Aquí veréis (de lejos) el vídeo que me dedicaron y las palabras que pronuncié después. “Es un profesor muy querido por toda la Facultad”, dicen. No se puede pedir más.

Esta otra web de alumnos recoge mi discurso íntegro.

Otra mirada amable de los alumnos.

 

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