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Ciudadanía

La violencia contra las mujeres, reminiscencia de un oscurantismo secular y expresión de la degradación moral colectiva

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Día tras día, año tras año: los feminicidios en España son un goteo que señala, como macabro reloj, el transcurso y persistencia de la barbarie humana. Son crímenes machistas, sin duda alguna, pero los causa algo más que el mero machismo, un factor que se encuentra más allá del rol dominante de un sexo sobre otro. Son la expresión genuína de una podredumbre que afecta al pueblo español en el mismo núcleo de su ser colectivo.

Esta no es una atribución excesiva. Los feminicidios son tal expresión del mismo modo que la incapacidad del pueblo estadounidense para normalizar sus relaciones raciales es el resultado de una pesada carga histórica; ahí es nada construir un país que llega a ser la primera potencia del mundo sobre las espaldas de mano de obra esclava tras el asesinato genocida de la población originaria.  En el mismo sentido, la expresión violenta del odio contra la mujer es una reminiscencia de todo un pasado cultural que cargamos todos sobre nuestras espaldas.

Esa carga colectiva no disminuye la responsabilidad machista en este y otros comportamientos que le son propios. Pero nos indica que no cabe reducir los feminicidios españoles a una mera cuestión “de género”, como parecen creer las instituciones, de gobierno y otras. La violencia contra las mujeres es una violencia contrarrevolucionaria: se trata de una reacción desesperada ante la única revolución del siglo XX que ha triunfado, la revolución feminista. La emergencia de la mujer, en todos los campos de la vida, ha dejado descolocado al hombre ensimismado en un modo de vida que resulta obsoleto y el cual parece definir por completo lo que él considera su identidad, y esa desesperación hace aflorar algo primitivo, que ya se hallaba ahí, en el fondo de un modo de ser que va más allá de su persona y sexo.

Se dice que el gran pecado capital de los españoles es la envidia. Falso: es el desprecio. Véase el desprecio con que las clases dirigentes y sus representantes políticos hoy en el poder se dirigen a la ciudadanía; ese tono insolente y despectivo aprendido en sus familias, que solía usarse para tratar al personal de servicio y a las clases subalternas. El mismo desprecio que emplean los discutidores dogmáticos incapaces de atender a las razones de los otros, sea cual sea su clase social. Es un desprecio radicado en un oscurantismo secular, que persiste y sigue invadiéndolo todo.

Ese amasijo de emociones perturbadas y vicios inveterados subsiste en la superficie de una sociedad que considero sujeto de una grave degradación moral. Quien desee conocer en qué consiste esa degradación sólo tiene que leer los libros del recientemente desaparecido Rafael Chirbes, en ellos está todo. La cleptocracia que gobierna España no ha ascendido sola al poder sino impulsada por el voto de los electores. Y esa casta dirigente es más que una clase extractiva: es la expresión última de un recorrido histórico español en el que no ha triunfado ninguna reforma cívica, no ha existido ninguna regeneración moral. Todos los intentos de democratizar España, desde por lo menos Jovellanos o las Cortes de Cádiz, pasando por la primera y la segunda repúblicas, incluyeron el empeño de transformar el país no solamente en su forma de gobierno y estructuras políticas sino en el modo profundo de vivir la vida, tanto la colectiva como la personal. El desapego de la gente respecto a la actual constitución y asimismo la reticencia a reformarla por parte del partido en el gobierno denotan que el último intento regenerador se halla profundamente comprometido, si no caducado.

No ha habido nunca moral colectiva en España, excepto en los grupos reformistas y revolucionarios, y en momentos de fuerte tensión de cambio. Tampoco ha existido siquiera una moral religiosa, por elemental o incluso derechista que fuera. El nacionalcatolicismo fue una parte más de un inmenso sistema de control, una ideología pensada para el combate (y que sigue en él) que cubría la profunda corrupción sobre la que se sostenía el franquismo y el experimento neocapitalista que albergó en su seno. Bajo la beatería y la superstición pseudorreligiosa ha persistido, década tras década, la ausencia de una responsabilidad moral personal. La ausencia de una sólida corriente cristiana fruto de la Reforma protestante es igualmente significativa, y mucho más que tantos periodistas lerdos endilguen a Angela Merkel el adjetivo de “calvinista” a modo de –cómo no– epíteto despreciativo. Otro gallo nos cantara si entre nosotros reinara la exigente ética calvinista y la sólida moral luterana. Son estas tradiciones espirituales las que se encuentran, junto con el poder del movimiento obrero, en la base de la longeva socialdemocracia de los países nórdicos, así como el metodismo y el anglicanismo progresista se hallan en el nacimiento y la historia del laborismo británico, por no citar el presbiterianismo escocés que está en la base de sus reivindicaciones actuales.

Una tradición ética religiosa reformada, así como un catolicismo progresista, no se oponen a una ética laica civil sino que la complementan y la refuerzan, si existe un sentido democrático que vaya más allá de las formas de gobierno o los sistemas de voto. Los progresistas laicos, agnósticos y ateos españoles no han contado con el sostén de lo que pudo haber sido un cristianismo reformado, y estoy pensando en Giner de los Ríos, por ejemplo. El hundimiento del franquismo institucional ha dejado intacto al franquismo sociológico, histórico y cultural, que subsiste en el gobierno pero en no pocos sectores de la sociedad civil. Y es así como la inmoralidad franquista rebrota en el país, desaparecidas las estructuras del franquismo institucionalizado pero intacta la huella que dejó en la población: desprecio por el otro, provecho personal a toda costa, violencia como recurso en la acción.

La violencia contra las mujeres no es la violencia del franquismo institucionalizado sino la reminiscencia de siglos de desprecio y negación del otro. Esta violencia se ejerce de manera individual pero es una tendencia colectiva. Ahora son objeto de ella las mujeres porque sus ejercientes han crecido y se han desarrollado entre formas superficialmente modernas –consumo, materialismo, prosperidad momentánea– bajo las que se esconden actitudes seculares. Y cuando esas seguridades momentáneas, ese culto al provecho personal cueste lo que cueste se desvanecen, aflora una desazón que se expresa también de manera secular.

No, no todos los hombres que ven en peligro su concepción de la vida agreden y matan a las mujeres. Pero se echa en falta una reacción grupal por parte de la población masculina que vaya más allá del lamento y la condena puntual. Quizás la hubiera si la ciudadanía fuera consciente de que la raíz de esa violencia reside en una amoralidad colectiva que hay que desterrar de una vez por todas. No sólo por los crímenes sino porque su persistencia nos mantiene a todos esclavos.

Ilustración: Francisco Giner de los Ríos, por David Madilla.

Acerca de gabrieljaraba

Periodista, escritor y profesor universitario. Investigador de Internet.

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BIENVENIDOS A MI BLOG

DR. GABRIEL JARABA
Doctor en Ciencias de la Comunicación y Periodismo.

Soy un periodista senior en ejercicio desde 1967, con experiencia en prensa, radio, televisión e internet. Me dedico a tareas académicas y de activismo social como Doctor en Ciencias de la Comunicación y Periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente sirvo como profesor en esa Universidad; en la Cátedra Internacional UNESCO Unaoc UniTwin de Alfabetización Mediática y Diálogo Intercultural, la Cátedra UNESCO de MIL para el Periodismo de Calidad, la Cátedra RTVE-UAB para la Innovación de los Informativos en la Sociedad Digital y en el Gabinete de Comunicación y Educación de la UAB.

Soy analista de la información y los medios en la Fundació Periodisme Plural y escribo en el diario Catalunya Plural. Hago investigación en comunicación, en redes sociales de internet y en humanidades digitales. Elaboro métodos de impulso de la creatividad y de gestión mental.

Autor de los libros Periodismo en Internet (Ed. Robinbook); Twitter para periodistas (Ed. UOC); Youtuber (Ed. Redbook) y ¡Hazlo con tu smartphone! (Ed. Redbook) y coautor de otras obras sobre comunicación y educación.

Como ciudadano promuevo el apoyo a Naciones Unidas en la perspectiva de Una Sola Humanidad, como colaborador de la ONG internacional World Goodwill – Buena Voluntad Mundial.  Soy miembro de la European Transpersonal Association y del Institut de Psicologia Transpersonal de Barcelona. Propongo un universalismo inclusivo basado en el humanismo y desde el catolicismo que ejemplifica el papa Francisco, y soy feligrés de la parroquia de Santa Anna.

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