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Una mirada periodística universalista

La catástrofe de Germanwings o la súbita irrupción del Destino en un mundo sanitizado

monolito germanwings

Se equivocan quienes reclaman a los medios que informen menos de accidentes y catástrofes como la de Germanwings. Existen razones periodísticas y políticas suficientes como para que lo sigan haciendo y así mantenerlas visibles: véase el interés del gobierno por pasar página después del choque del metro de Valencia o el mareo intencionado en torno al descarrilamiento del AVE en Galicia. Mariano Rajoy fue el gestor de las consecuencias del desastre ecológico del Prestige y Federico Trillo, el de las de la catástrofe del avión Yak, ¿recuerdan? Otra cosa es el amarillismo, tanto el voluntario como el que se cuela por la puerta de las redacciones cuando uno se deja llevar por la corriente. Pero incluso este es comprensible. Se reclama a los medios que se erijan tanto en notarios fieles de la actualidad como en los prescriptores de una moral consiguiente y ejemplos vivos de la misma. Y la prensa, no digamos ya la televisión, nació precisamente para desmarcarse de la literatura experta, prescriptiva y normativa y reflejar el vaivén de lo que sucede en la calle y de cómo reacciona ante ello la gente de la calle, al albur de las pasiones. Con el tiempo, los medios de comunicación han ocupado casi la totalidad del escenario y con ello han debido asumir las responsabilidades que la sociedad actual les atribuye. Lo que está muy bien pero que no debe hacer olvidar qué son los medios y para qué sirven. De nuevo la perspicaz observación de Umberto Eco: lo importante no es lo que hacen los medios con la gente sino lo que la gente hace con los medios. A menudo tengo la impresión que a los medios no se les reclama tanto la fidelidad a la deontología periodística como la representación en público de ciertas virtudes personales y colectivas que en la realidad empírica se está muy lejos de practicar.

La demagogia del dolor que, se dice, escenifican ahora los medios de comunicación es un espectáculo en el que se producen excesos, ciertamente, pero es algo más que eso. Lo que tiene lugar en realidad es la exhibición de, precisamente, lo que el modo como hemos organizado la vida colectiva trata de ocultar todos los días por todos los medios: el sufrimiento, la muerte, la enfermedad, la desaparición de los seres queridos, lo injusto del fallecimiento de los inocentes, el sobrevenir de la catástrofe ciega de modo inevitable. Es decir, lo que en otras sociedades se llamó Destino o, más suavizadamente, voluntad divina.

El Destino tiene mala prensa, por eso ahora se le llama por un nombre más aceptable –karma– y sus resíduos en la religión –la predestinación según Calvino– suelen ser disimulados. El pensamiento científico quiso quitarse el muerto de encima apelando al azar, e incluso a la necesidad, descomunal pirueta argumentativa sobre la que pretende construirse, ay, un pensamiento que aspira (secretamente o no) a sustituir y eliminar a la filosofía. Pues ahí tienen al Destino y su sombra espectral de dolor aullando desde la televisión, señoras y señores. Le llamamos Destino porque desconocemos su verdadero nombre y no nos atrevemos a buscarlo.

Desde que el mundo es mundo, el Destino ha sido ese espectro descomunal que cuando se hace presente deja a todos sin habla y desactiva de repente todas las filosofías y religiones. Nadie ha sido capaz de desenmascarar al señor Destino; los mitos griegos asumieron su existencia, del mismo modo que los libros bíblicos dieron por descontada la de Dios desde el primer capítulo del Génesis, y construyeron un pathos y un ethos sobre su prevalencia y última palabra reservada. El humanismo moderno quiso inspirarse en la cultura clásica y no tuvo ni la sabiduría ni la perspicacia de advertir que el señor D es inseparable de ella, que sin éste no se entiende aquella y que, ay, el implacable caballero no negocia.

Nuestra sociedad se halla especialmente inerme ante la irrupción del Destino en los asuntos humanos, sobre todo en las últimas décadas. El triunfo de la revolución científico técnica ha proporcionado al llamado primer mundo comodidades que han proyectado la ilusión de vivir una vida controlada, segura o por lo menos manejable. Y es cierto, pues, a pesar de las apariencias, nunca el mundo habia tenido tantos periodos prolongados de paz en tantas regiones y tan amplias, nunca había retrocedido tanto la enfermedad, la hambruna y la miseria y nunca había habido menos barbarie. Lo que en estos momentos nos parece insoportable del estado de las cosas lo es en comparación con lo que hemos logrado y con lo que es objeto de nuestras aspiraciones; objetivamente, el progreso se ha cumplido, dígase lo que se diga y dígalo quien lo diga. El efecto secundario es la incapacidad de asumir lo imprevistamente trágico en un mundo sanitizado, en el que los niños se ponen casco para jugar con el patinete y las mujeres feas pueden dejar de serlo tras pasar por el quirófano.

Los ilustrados creyeron en las últimas décadas que Dios había muerto, y en eso apareció Jomeini; desde entonces aún no se han repuesto del sobresalto y tal alteración les incapacita para comprender mucho de lo que sucede ahora. El primer mundo cambió la fe en Dios por tres religiones; una, la religión de la seguridad a ultranza, para los poderosos; dos, la religión de la dignidad herida, para los modestos; tres, la religión de la preservación de la salud, para ambas clases sociales. Tras esas religiones –y bien sabido es que la religión es el opio de los pueblos– espera siempre agazapado el Destino, que es el disfraz del devenir de la vida tal como es en un mundo en el que, oh maravilla, siempre llueve hacia abajo.

Por eso se buscan explicaciones al sentido de la mano del Destino en la enfermedad mental. Porque la locura es el último bastión del sinsentido humano. El miedo a volverse loco, o a ser víctima de un loco, es lo que reemplaza al miedo a ir al infierno. Porque la religión del siglo XX y de momento del siglo XXI es la psicología (y por eso los psicólogos se encaminan hacia la obsolescencia como lo hicieron los sacerdotes). Sólo la enfermedad mental puede explicar el sinsentido en el mundo sanitizado, porque es una dolencia, por tanto diagnosticable, por tanto interpretable, por tanto susceptible de ser sanada o por lo menos contenida.

El problema es que diga lo que diga la psiquiatría, nadie es capaz de explicar qué es exactamente la locura. Digo qué es, no porqué sobreviene, en qué conductas se expresa o qué formas neurológicas adopta. Y por eso se adjudica al desventurado copiloto de Germanwings la condición de víctima de una depresión. Pero las personas que sufren depresión no perjudican a los demás ni maquinan asesinatos colectivos. En este dichoso mundo de lo políticamente correcto, donde todo el mundo es un ofendido en potencia, se ha arrojado la sospecha sobre los miles de personas que padecen depresión y que nunca harían daño a una mosca. La injusticia es cruel si tenemos en cuenta que la depresión es precisamente el efecto colateral de la sociedad sanitizada.

Asi llegamos al quid de la cuestión. Vivimos en una sociedad en la que nadie es responsable ni culpable de nada. El causante del desastre tiene que ser, por tanto, forzosamente una víctima. De una supuesta enfermedad mental, por supuesto, y no de un deliberado acto de mala voluntad. Y como ignoramos la cruel realidad de las enfermedades mentales buscamos las cosquillas a una depresión, porque esta palabra es la que mejor se puede entender, dado lo extendido de la epidemia. Muchos de nuestros vecinos sufren depresión, nosotros mismos la podemos sufrir; todos podemos ser culpables, pues, y por lo tanto nadie lo es. Hemos querido exorcizar al mal y nos hemos hecho la ilusión de vivir en la sociedad en que a todos se nos debe algo (un derecho, un deseo) y por tanto con todos nosotros está el mundo en deuda (todos indignados).

Quizás la causa de la actitud del copiloto haya sido una enfermedad mental. Pero ¿por qué no la desesperación, la estupidez o la mera maldad? La sociedad sanitizada pretende expulsar la maldad del mismo modo que lo hace con la enfermedad, y por eso atribuye aquella a ésta. Esa no es forma humana y razonable de explicarse el mundo.  Porque el mal existe, y no es simplemente ignorancia o ausencia de iluminación como creen ciertas ideas orientales. Dios ha muerto, el mal ha muerto, y el Destino sin nombre nos recuerda no la futilidad o el sinsentido de la vida, que no son tales, sino la endeblez de nuestro modo de emprender su esclarecimiento. El monolito dedicado a las víctimas en Le Vernet actúa, así, a modo de monolito de 2001 odisea del espacio a la vista de todos.

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Sóc un periodista senior en exercici des de 1967, amb experiència en premsa, ràdio, televisió i internet. Actualment serveixo com a professor a la Càtedra Internacional UNESCO d'Educació en Informació i Mitjans i Diversitat Cultural, com a Secretar Internacional per al Diàleg Intercultural, i al Gabinet de Comunicació i Educació de la Universitat Autònoma de Barcelona,, en el qual sóc investigador i docent. Formo part de l'Institut de Psicologia Transpersonal de Barcelona, en el qual sóc co-director de la formació en psicologia transpersonal que s'hi imparteix, i posseeixo la certificació europea en la matèria, concedida per l'European Transpersonal Association.
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