Rodney King en el Raval

En 1991, un año antes de la celebración de los Juegos Olímpicos en Barcelona, Rodney King, un taxista negro de Los Ángeles fue apaleado brutalmente por un grupo de policías de aquella ciudad y el vídeo del suceso que grabó un ciudadano que pasaba por allí dio la vuelta al mundo en pocos días, breves años antes de que internet provocara la viralidad de semejantes difusiones. El nombre de Rodney King se convirtió desde entonces en el paradigma del abuso de autoridad y exceso en la violencia policial, por la espectacularidad de la escena del apaleamiento en grupo, pero también porque el conocimiento público del hecho demostró algo crucial: si un grupo de policías era capaz de cometer semejante exceso en la calle era porque se sentía cubierto por la impunidad.

Ese es el quid de la cuestión en esa especie de réplica sísmica que el caso Rodney King ha tenido en Barcelona décadas después y esta vez con el resultado de muerte. Que en un cuerpo policial –no importa cual– se ha enquistado un comportamiento violento y agresivo que hasta el momento se ha considerado impune. Las hipotéticas dimisiones son lo de menos. Lo que importa es la contundente represión de ese sentimiento de impunidad y la purga consiguiente.

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