El periodismo romántico, el Herald Tribune y la camiseta de Jean Seberg

jean seberg

Desde ayer, el International Herald Tribune se llama International New York Times. Con ello, el periódico de referencia neoyorquino quiere potenciar su marca a nivel mundial, apoyándose en un diario que nació hace 126 años fundado por el propietario del New York Herald, James Gordon Bennett Jr., para mantener informados a los americanos que vivían en Europa.

Entonces se llamaba Paris Herald y en 1924, tras la muerte de su fundador, pasó a ser la edición europea de The New York Herald Tribune. El nombre de The International Herald Tribune lo recibió en 1967, tras un acuerdo del The Herald Tribune, The New York Times y The Washington Post. En 1991 The Herald Tribune abandonó el proyecto y en 2003 lo hizo The Washington Post, quedando como único propietario The New York Times.

Para los periodistas de mi generación, la prensa extranjera estaba envuelta de cierto hálito encantador, especialmente Le Monde y el Herald Tribune. El primero, con las crónicas de José Antonio Novais, su corresponsal en España, y las de Marcel Niedergang, que prestaba atención a menudo al movimiento antifranquista de nuestro país. Cuando yo tenía 16 años, Joan de Sagarra, admirado por muchos lectores jóvenes por su acidez crítica, me aconsejó que si quería ser periodista lo primero que debía hacer era leer cada día Le Monde. He cumplido a rajatabla su recomendación desde entonces hasta hoy mismo, 47 años después. En la era de internet se hace difícil entender la sequía informativa que padecíamos entonces quienes estábamos apasionados por la información. Para aquellos jóvenes, las cabeceras de los periódicos no eran productos sino símbolos, y los periódicos democráticos internacionales, testimonio y esperanza de libertad.

El Tribune, a su vez, adquirió un tinte romántico ante nuestros ojos a partir de la aparición de Jean Seberg en la película À bout de souffle, de Jean Luc Godard, en la que aparecía como una joven vendedora del periódico, vestida con una camiseta que reproducía su cabecera. Más extraño resulta ahora, en plena opulencia audiovisual, comprender que una generación anterior buscase en cierta cinematografía de dificil acceso tanto alimento estético como ético. Pero fueron pequeños episodios como estos lo que nos aproximó al encanto y la atracción del periodismo a quienes deseábamos hacer de él nuestra profesión.

Jean Seberg y su camiseta hicieron del Herald Tribune un icono más de la panoplia de cultura pop que se extendía desde las faldas al aire de Marilyn Monroe hasta la cubierta del Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, pasando por la minifalda de Mary Quant y la moda de Carnaby Street. La muerte de la actriz en extrañas circunstancias (se dice que en una acción de represalia encubierta a cargo de servicios de inteligencia norteamericanos, por el apoyo de Seberg a los movimientos de derechos civiles y de liberación de los negros) hizo de Jean Seberg un mito que aún persiste, y lo citaba ayer Quim Monzó en su columna de La Vanguardia, porque los héroes mueren jóvenes y son siempre recordados si se inmolan en defensa de la justicia, adquiriendo la aureola de los santos laicos que han sido víctimas inocentes. Ahora que se habla de beatificaciones vale la pena recordar que el progresismo laico también tiene santos inocentes, que pueblan un cielo particular en el que habitan, al lado de Jean Seberg, Sacco y Vanzetti, Joe Hill, Andreu Nin, Joan Peiró, Rosa Luxemburg, Julius Fucik, Rudi Dutschke, Jim Morrison y John Lennon.

Los vendedores de periódicos de nuestro país no eran heroínas rubias de cine como Jean Seberg sino trabajadores precarios, que tenían prohibido por el gobierno franquista vocear los titulares de los diarios y se limitaban a cantar las cabeceras. Los jóvenes periodistas románticos españoles pugnábamos por entrar en unas redacciones en las que todavía había subdirectores que lucían corbata negra en memoria de Adolf Hitler, chivatos de la policía y paniaguados de los ayuntamientos. Soñábamos con vivir en un mundo como el que dio origen a la música de los Beatles y las películas de Godard pero habitábamos un lugar en el que, desde nuestras mesas de redacción, asistimos impotentes al agarrotamiento de Puig Antich y el fusilamiento de Txiki y Otaegi. Y a esto de ahora le llaman crisis del periodismo…

Edición en línea del International New York Times

Edición conmemorativa del fin de etapa del International Herald Tribune

Jean Seberg en la Wikipedia

2 Comments

  1. No sé si en lugar de “agarrotamiento” de Puig Antich quieres decir “guillotinamiento”, o simplemente, garrote vil, como mataron a Puig Antich. Agarrotamiento define solo la “dificultad de movimiento de un miembro”.
    El artículo me gusta mucho. Qué bonito el viejo periodismo… ¿Hay nuevo? La pregunta del millón.

    1. Querida Eva, muchas gracias por tu comentario, me encanta que leas mi blog. Creo que el periodismo es el de siempre. Cambian los soportes, las circunstancias sociotécnicas y económicas, y los tiempos históricos. Y sobre todo, la mirada que la sociedad proyecta sobre el periodismo y los periodistas.
      He escrito agarrotamiento y no guillotinamiento porque no hubo guillotina sino garrote. Y la Real Academia incluye, en su diccionario, la siguiente acepción del verbo : 3. tr. Ejecutar en el patíbulo mediante garrote. Aunque no le concedo autoridad a esta academia ni a ninguna otra; creo que la gestión del idioma debe estar en manos de los escritores, periodistas incluídos, y no de organismos oficiales o paraoficiales, resíduos obsoletos del estado napoleónico, de los cuales los países anglosajones se libraron felizmente en su momento.

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