La leyenda de Harun al Rashid y la resurrección de Kiril I

sandalias

Leo que la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, se escapa de sus escoltas para correr en moto por la ciudad. Como decía el mártir de Reading, la naturaleza imita al arte: mi primera inoculación de sensibilidad cinematográfica, aún en mi tierna infancia, fue causada por una Audrey Hepburn trotando por Roma en una Vespa pilotada por Gregory Peck; era la princesa Anna, que quería vivir la vida de la gente corriente. Tras la segunda guerra mundial, las gentes de la realeza cambiaron los modos aristocráticos por otros burgueses:  ropa cómoda, coches, motos y barcos deportivos. La primera “plebeya” en acceder a una casa real fue la española Fabiola de Mora y Aragón, al casarse con Balduino, rey de los belgas, cuya boda fue quizás el primer reality show de la cultura pop de la postguerra en nuestro país, y ella, una Lady Di avant la lettre y con mejor fortuna. Existió el precedente de la Grace Kelly hollywoodiana convertida, en 1956, en princesa de Mónaco.

El poderoso que se escabulle de su entorno protegido para mezclarse con el pueblo ha llegado a alcanzar la categoría de mito, es decir, de referencia arquetípica recurrente que encierra una enseñanza de vida. Ese mito se extendió por el mundo a partir de la leyenda del califa Harun al Rashid,  popularizada por Las Mil y Una Noches. El califa era un gobernante todopoderoso, justo y bueno, que recorre disfrazado los mercados y las plazas de su reino para escuchar de primera mano los agravios que sus súbditos reciben de los administradores venales o ineficientes.  Harun, embozado, afina el oído y, de vuelta en palacio, reprende al administrador infiel, a veces descubriendo su verdadera identidad ante los atónitos plebeyos (como se ve, las raíces de la dualidad Superman-Clark Kent son más antiguas y ambiguas de lo que parece). En todo gobernante populista se esconde un Harun al Rashid en potencia, y así, el mito resurge periódicamente, con Fidel y con Chávez, también con el Juan Carlos otrora campechano en moto, el Suárez de las partidas de dómino en Cebreros o  el José Múgica uruguayo, llano y accesible en su ranchito. No en los casos de De Gaulle, Giscard d’Estaing, Helmut Schmidt o Konrad Adenauer. Tampoco, y es curioso observarlo, con Obama, frío y hasta  hierático incluso cuando quiere parecer casero y familiar.

Quizás el culmen del hieratismo principesco en el siglo XX fue Eugenio Pacelli, el papa Pío XII, sucedido por Angelo Roncalli, Juan XXIII, un finísimo diplomático que gustaba aparecer como un pastor lombardo, natural de un pueblo de nombre tan significativo al respecto como Sotto il Monte. También significativamente fue apelado “el  papa bueno”, probablemente porque se consideraba que los hubo malos. El año que murió el papa Juan, Morris West escribió su novela Las sandalias del pescador, en la que presentaba la fantasía prospectiva de un papa “llegado del frío” preocupado por el hambre en el tercer mundo y el riesgo de ruptura violenta del equilibrio del terror entre las superpotencias. El papa que realmente llegó del este no fue como West había imaginado o deseado. Pero la versión cinematográfica de la historia, en la que Anthony Quinn se pierde por las calles del Trastevere enfundado en un gabán que apenas oculta su clergyman, anticipaba en realidad al actual Francisco, alojado fuera del palacio papal y oficiando misa cada mañana con los empleados de la modesta residencia de Santa Marta.

¿Será Jorge Mario Bergoglio el verdadero Kiril I, el papa venido del fin del mundo, capaz de desencadenar la fuerza de la buena voluntad en los corazones de piedra de los poderosos? Aún no lo sabemos pero lo que ha demostrado ha sido el poder del mito de Harun al Rashid, y con ello, lo profundo del interrogante que albergan los corazones de los hombres tocados inconscientemente por ese arquetipo. En estos tiempos ásperos y crueles, mientras Dilma Roussef, otrora guerrillera revolucionaria, pasea en moto como una princesa Anna en absoluto ingenua, los poderosos del mundo no se molestan en sacar partido de la imagen del gobernante próximo, sabedores de que ni siquiera esa apariencia podría humanizarles. Tampoco las masas desesperanzadas y perplejas vuelven sus ojos hacia ellos en espera de un gesto. Rajoy, presidente de un país que adora el populismo (“qué buen vasallo sería…”) ni siquiera se plantea dejar de ejercer su hieratismo dejando que sus subordinados, unos en versión Rottenmeyer y otros en clave hooligan pechen con el rebote de las consecuencias de sus actos. Quizás Francisco destaca porque es el único que se permite tales gestos, y la respuesta ante ellos probablemente sea fruto de tal nivel de desesperanza. Pero es significativo que aún resista ese hilo tenue de confianza en la buena voluntad, que no es un sentimiento endeble y pegajoso sino la confianza en el poder de la acción humana para transformar la realidad, de manera directa, fehaciente y sin constructos conceptuales que puedan servir de escondrijo.

(Queda, de fondo, la paradoja: para poder ejercer esos gestos es condición hacerlo desde el poder, a menudo absoluto. Sin tal potestad la actitud compasiva y en pro de la justicia pierde su magia, es un gesto de impotencia más. Solamente el califa omnímodo puede devenir algo más que denunciador de lo torcido. Que las masas actuales no vuelvan una mirada esperanzada hacia el poder es significativo de la situación actual; que algunos lo hagan en dirección a Santa Marta aún lo es mucho más).

2 Comments

  1. Quin títol tan opac per a un escrit ben interessant, per altra banda! Em quedo amb aquesta frase:
    “(Queda, de fondo, la paradoja: para poder ejercer esos gestos es condición hacerlo desde el poder, a menudo absoluto. Sin tal potestad la actitud compasiva y en pro de la justicia pierde su magia, es un gesto de impotencia más. Solamente el califa omnímodo puede devenir algo más que denunciador de lo torcido.”

    Efectivament no és prerrogativa del xofer del rei ser “campechano”, sinó del seu senyor.monarca I Igualment difícil que per una ovella tenir la virtut de la no-violència. El poder, democràtic o no, sempre s’ha envoltat d’un ritual, un protocol i un distanciament per per tal de bastir un cert misteri. Ni que sigui amb una senzilla banda i una vara en un ajuntament o sent tractat de vostè en una aula. Al segle XXI és molt més propera pels cristians la visió del Jesús que es deixa envoltar d’infants sorollosos o que renta els peus als seus deixebles per allissonar-los sobre la autoritat. Però al segle XI, amb un poble que era poc més que bestiar dels nobles, clergues i monarques, la imatge d’un pantocràtor, d’un Jesus assegut en un tron, amb corona i capa i impartint justícia per damunt de tots era més revolucionari que la icona del Che a les nostres samarretes. I no estic defensant el “boato” i els oripells.del poder I menys les mitres, anells i “palios”.. Vaig sentir una profunda vergonya com a catòlic durant el cerimonial de consagració de la Sagrada família veient unes dones de negre aixugant amb baietes uns olis mentre uns homes amb sabates de colors i xarol s’ho miraven asseguts. El cerimonial és una metàfora i allò que significava aquella metàfora era decebedor per a molts catòlics de base. Tant de bo que Francesc I sigui capaç de formular noves metàfores i, a més, de canviar l’estructura del poema. Cal molta fe per això. Perquè , com diuen els italians, tan propers al Vaticà, “Roma coneguda, la fe perduda”.

    1. Estimat Ramon, el títol és opac per voler ser suggerent: la vigència del mite del califa benevolent i la visió prognòstica de Morris West em semblen “signes dels temps”, com dèiem en aquella època conciliar els qui després vam esdevenir “soldats derrotats de l’exèrcit de Montini”. El problema de les esglésies (necessàriament en plural) no és l’oripell sinó el poder, sustentat en el que jo anomeno teologia de combat. La teologia de combat, construegïda en els tres primers segles de cristianisme, està pensada per marcar terreny, comptar els nostres i saber quins no ho són. D’Agustí d’Hipona a Ireneu de Sardes hi ha un tros de recorregut que a alguns cristians ens fa pensar si el que seguim és a Jesucrist o a un constructe conceptual que se’l aproxima però que no el pot proclamar perquè, com deia el gran Jiddu Krishnamurti, “no hi fa res com de bo pugui ser un credo, sempre exclou algú”. Per aquest motiu alguns d’aquells derrotats pels qui van fer la política de Lefebvre en to menor tot mantenint afora a l’autor original ens mirem en el “lex orandi, lex credendi” de la “tercera via” anglicana: mai Jesús de Natzaret va demanar a ningú una professió de fe. I confio encara en que Francesc farà camí, molt més del que pot semblar ara mateix, i en bona direcció. Pau i bé.

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