Hechos y no palabras

En ciertas aventuras de espías, cuando un agente es hecho prisionero por el enemigo se suicida al instante ingiriendo una pastilla de cianuro. En el caso del Partit dels Socialistes de Catalunya, su dirección decidió suicidarse antes, en el momento en que recurrió a caminos nixonianos para llegar con la punta del micrófono a donde no alcanzaba la habilidad política. Se dirá que el espionaje político, como el industrial, sólo está mal visto si te pillan, y es verdad, del mismo modo que se afirma que esas prácticas son regla y no excepción en el ambiente. Puede ser. Pero que un partido que debería representar transversal y mayoritariamente a todas las clases trabajadoras del país tenga que recurrir a detectives para obtener información comprometida para el adversario es denotativo no de un pecado ético sino político: carece de militantes situados en los puntos decisivos de la sociedad capaces de aportar a la organización elementos convertibles en acción operativa.

Si el recorrido que conduce de haber ridiculizado incesantemente a Raimon Obiols cuando era primer secretario del PSC por ser persona sensata y moderada hasta la toma del poder por parte de unos  capitanes  que resultaron ser Araña al entregar  la joya de la corona a Esquerra Republicana concluye en el aislamiento de un reducto sectario que cree que el partido se refuerza depurándose, el mortadelesco episodio no es tanto un escándalo político en sí sino la consecuencia de otro.  Hechos y no palabras.

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