El cigarrillo electrónico, la religión y la moral

Interesante lo de las reacciones adversas que despierta el cigarrillo electrónico. Aunque su empleo reduce drásticamente el empleo del tabaco convencional, no cesan de suscitarse prevenciones de todo tipo ante él. Una muy bonita es que podría servir para que los jóvenes se iniciaran en el vicio de fumar, como si en las docenas de bares que hay en cada manzana no hubiera otras tantas máquinas expendedoras de cigarrillos de papel; la afición tecnológica adolescente no llega a tanto, caramba.

Tal arañar argumentos en la cazuela de la creación de opinión indica que no nos encontramos tanto ante la preocupación por la salud sino por la moral. Cuando las sociedades abandonan la religión y la moral convencionales, deben de dotarse de otras nuevas, porque los modernos que creyeron que la ilustración acabaría con una y con otra y ello nos haría libres eran unos ingénuos. La religión de estas sociedades es la salud y la seguridad, y la moral, la dieta, la ortorexia y la abdicación de la propia autonomía responsable. Cuando se levantan recelos ante el nuevo gadget no nos hacen una advertencia sanitaria sino una reconvención moral. Como en el caso de los avisos en los paquetes de tabaco, en este caso, además, cobrando impuestos. Demos, pues, gracias por la propina.

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