Crisis de la Corona, crisis de paradigma comunicacional

juan carlos

¿A qué se debe el vuelco en la percepción que los españoles tienen de la monarquía? A que su imagen se susentaba sobre un contexto comunicacional que ha cambiado radicalmente en el transcurso de una generación. Lo explica muy bien Albert Sáez, director adjunto de El Periódico de Catalunya:

“Este cambio de percepción coincide en el tiempo con la irrupción de las redes sociales como nuevo epicentro de la información y de la opinión pública. Las operaciones del Rey, sus cacerías en paraísos exóticos, sus relaciones con la princesa Corina o sus hipotéticos vínculos con los negocios de su yerno han circulado por circuitos paralelos a los que la Casa Real ha controlado en los últimos 40 años. En esta nueva esfera pública no hay dinero para comprar ediciones enteras de un texto polémico ni editores a los que premiar con un título nobiliario. La monarquía solo puede sobrevivir en las redes sociales con altas dosis de transaparencia y con algo más que palabras vacías. Aquí los sobrentendidos son malentendidos”.

La imagen del rey demócrata y campechano fue construida en una sociedad en la que la revista más vendida era Interviu y en la que triunfaban en la televisión Alfredo Amestoy, Isabel Tenaille o Lalo Azcona. La decisión de la pseudoentrevista con Jesús Hermida corresponde a una mentalidad estancada en aquellos tiempos: el periodista televisivo emergente hoy es Jordi Évole. El cambio ha sido tan radical que incluso hace que figuras institucionales como el presidente de la comunidad de Madrid reclamen la censura o por lo menos la Ley Fraga.

Pero el cambio no tiene vuelta atrás, como explica José Luis Orihuela, dada la substitución del paradigma antes vigente: en la sociedad de la comunicación de masas, intermediación, unidireccionalidad, conectividad asimétrica; en la sociedad red, desintermediación, bidireccionalidad e hiperconectividad.

Las nuevas legitimidades consensuadas tienen lugar en el seno de una internet social que, progresivamente, va imponiendo a los medios y a la sociedad los subproductos culturales que resultan del nuevo paradigma. Y entre ellos se encuentra un nuevo populismo, que se percibe como progresista y renovador, cuando en realidad podría ser una reedición de las virtudes y vicios populares que nuestros conciudadanos practican desde hace siglos. El aprecio de la espontaneidad y la sencillez, el descrédito de los ricos, la creencia de que la gente siempre tiene razón, la legitimidad del escarnio público.

Las instituciones se hallan mal equipadas para el cambio de era. Quizás porque no son instituciones milenarias o por lo menos centenarias, sino en este caso, una institución recientita, como la democracia de 1978. La crisis nos ha pillado con el paso cambiado a todos. A unos, al ver trocada cierta prosperidad material en precariedad e incertidumbre, y a otros, al darse cuenta de que ya no viven en los escenarios de las películas de Garci y la portada de Cambio 16 con Juan Carlos bailando claqué sobre los rascacielos de Nueva York. Los cambios en la comunicación y en la historia es lo que tienen.

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