El premio Goya a J. A. Bayona o la lección que un profesor aprendió de sus alumnos

JA Bayona GoyaLa entrega de los premios Goya de cinematografía me ha dado la satisfacción de ver nuevamente galardonado a Juan Antonio Bayona, con su película Lo imposible. Esta satisfacción se debe al placer de ver triunfar a un antiguo alumno, pues Bayona formó parte de la primera promoción de la ESCAC (Escola Superior de Cinematografia i Audiovisuals de Catalunya) de la que yo fui profesor y que fue la prueba del nueve del gran experimento conducido por su fundador, el visionario Josep Maixenchs. Juan Antonio era uno de los más jóvenes de aquel grupo, y probablemente el más vivo, espabilado y osado de todos ellos.

… Oh, si, ya sé que los recuerdos sentimentaloides de profesores veteranos y antiguos alumnos aventajados apestan. “¿Te acuerdas de cuando ´bebíamos agua?”, decía aquel anuncio de La Casera. Y todavía apesta más que el profesor se aúpe a si mismo a rebufo del éxito de su alumno. Pero, qué quieren que les diga, si el triunfo de J. A. Bayona es auténtico, mi alegría también. Y sí, hace años estuvimos juntos en una aula, disfrutando del placer de aprender y de enseñar.

Y eso es lo que hace diferente mi satisfacción actual. Probablemente le enseñé algunas cosas a Bayona, pero él y el conjunto de la clase me enseñaron mucho más. Aquella primera promoción de la ESCAC me hizo descubrir mi vocación por la docencia, que ahora, “al’ fin del camin’ della mia vita” puedo ejercer plenamente.

Nunca había dado clases en la universidad hasta que el jefe de estudios de la ESCAC me lo propuso. Una mañana de julio me acerqué a las instalaciones del centro, entonces en la escuela pía de Sarrià, encajonadas en un ala del viejo edificio. Lo que me decidió a aceptar no fue el programa de estudios, el proyecto de crear una gran escuela de cinematografía o cualquier otra razón académica. Fue ver que un día de verano a las 11 de la mañana, terminado el curso escolar, los jóvenes alumnos se amontonaban en las salas de edición trabajando en sus ejercicios y proyectos de cortometrajes. Aquello iba en serio, no era cosa de diletantes. El septiembre siguiente yo estaba allí para dar clases de cultura, antropología y comunicación.

Sentados en el aula estaban aquellos jovencísimos chicos y chicas que había visto sudar en las cabinas de edición. Motivadísimos, con expresiones atentas e inteligentes. Entre ellos, gente como Bayona, Roser Aguilar (Mi vida sin mi), Kike Maíllo (Eva) o Guillem Morales (El habitante incierto, Los ojos de Julia) y muchos otros que más tarde han poblado los títulos de crédito en todas las especialidades. Estudiantes hijos de trabajadores, algunos muy modestos, cuyas familias habían hecho esfuerzos descomunales para pagar la matrícula. Ellos correspondían produciendo cortometrajes y organizándose para presentarse a todos los festivales e ir ganando premios con los que amortizar el dinero invertido. Una escuela de cine privada, surgida del genio de Josep Maixenchs, la acogida benevolente de la Escola Pia de Catalunya y el espíritu de equipo, en realidad de clan, de profesores y alumnos… ante la pasividad de la Generalitat de Catalunya que apenas soltaba unas migajas que no eran dignas de ser llamadas subvención.

Actualmente, todo el mundo se enorgullece de la ESCAC como la gran escuela de cine que es, y celebran a los jóvenes artistas y profesionales que se han formado en ella. Es fácil hacerlo ahora. Quince años atrás, los profesores y amigos de la escuela nos dábamos de cabeza contra la pared para que alguien que no fuese del cine comprendiese la importancia de aquel esfuerzo. Yo mismo como directivo de TV3 en la época me topé con la incomprensión de mis superiores cuando les informé de la singularidad de la ESCAC y su enorme potencial de futuro. El éxito de los jóvenes cineastas de la ESCAC ha sido una revancha frente a todo aquello. Quienes creímos en ellos y ayudamos un poco, dando clases o colaborando en proyectos, podemos estar satisfechos. De ahí mi alegría ante el actual triunfo de J.A. Bayona y el de los anteriores que han protagonizado Roser, Quique, Guillem y todos los compañeros. A ellos la gloria y a los demás que les den.

En los últimos años he dejado de dar clases en la ESCAC para que otros profesores más jóvenes tomen su turno. Pero en aquel tiempo que viví, brillante y maravilloso, tuve la suerte de aprender algo valiosísimo de aquellos alumnos, algo difícil de conseguir y que yo no podía enseñarles a ellos. Aprendí a confiar ciegamente en la juventud trabajadora y estudiante, y a no dudar nunca de que el futuro les pertenece. Yo continúo pasando el testigo en otras aulas, compañeros.

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