Una izquierda que no aprende

¿Tan desesperado está Pere Navarro que tiene que entrar al trapo del periodismo basura ejercido por El Mundo y su acusación no probada a Artur Mas? El candidato del PSC no dejó pasar la ocasión, por apestosa que esta fuese, para reclamar al candidato de CiU que probase que era falso aquello de lo que se le acusaba. No le importó que la carga de la prueba gravitase sobre los acusadores, ni tampoco que a cualquier persona con un mínimo sentido de la decencia –excepto a Carmen Chacón, por lo visto– le repugne el pseudoperiodismo de difamación, que no de investigación, que ejerce el rotativo aznariano y berlusconiano. A estas alturas del partido político y periodístico, dar por bueno el periodismo de ese diario sólo puede deberse al partidismo más suicida, sobre todo después del atentado de la estación de Atocha y su consiguiente línea de desinformación deliberadamente partidista. ¿Se ve con hígado el candidato socialista a sumarse ahora a dar credibilidad a quienes encabezaron el fuego sostenido contra la legitimidad del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero con las peores artes desinformativas que se hayan presenciado aquí desde la financiación del vuelo del Dragon Rapide a cargo del diario ABC?

El problema que tendremos en Catalunya el 26 de noviembre, como ha reflexionado Josep Ramoneda, es qué hacemos con la izquierda de nuestro país. Una izquierda cuya buena parte de componentes no ha entendido lo que ha sucedido desde el 11S, cuya concepción de la realidad es tan rudimentaria que cree que se puede sacar millón y medio de personas a la calle en una acción cívicopolítica con una televisión y un diario. Una izquierda que en el caso de ICV-EUiA cree que tenemos un problema de banderas cuando lo que está ante nuestras narices es la ruptura democrática rediviva de entre las cenizas de lo que no pudo ser en 1977.

Hace treinta años el “caso Banca Catalana” distribuyó lecciones, puerta por puerta, que ahora mismo deberían haber sido aprendidas. También en casa de CiU, con sus Millets sueltos por ahí en pleno 2010. Pero sobre todo en otros domicilios, periodísticos incluídos. Treinta y dos años después de que Jordi Pujol ganase la Generalitat, hay quien sigue creyendo que tal victoria fue ilegítima o indebida, y que les correspondía a ellos haberla obtenido. Quisieron ejercer la hegemonía en Catalunya cediendo la radiotelevisión pública a ERC, satisfechos con los halagos de estar por casa de un diario que pudo, a su vez, ser un periódico de referencia en nuestro país si no hubiera optado por un sectarismo que ahora se recrudece. Y ahora siguen igual que entonces, incapaces de comprender una realidad cuya complejidad escapa a su capacidad de comprensión. Por ese motivo tal izquierda no puede liderar en absoluto el decisivo momento que Catalunya está viviendo; no pudo hacerlo a partir de 2003 por la misma causa –creen que La Vanguardia les hizo perder el mando– y ahora se enfrenta no ya a una descomunal derrota sino al riesgo de la irrelevancia. Con un detalle añadido: quienes se consideran moralmente superiores no dudan en beneficiarse de la abyección.

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