No me preocupa la crisis económica

No me preocupa la crisis económica, me preocupa la crisis moral que estamos experimentando. La experimentamos incluso quienes nos rebelamos contra la imposición antidemocrática del neoliberalismo de estado por la via del diktat y los hechos consumados. Sabemos que nuestros gobernantes son un antiejemplo y que actúan desde el cinismo y la ineptitud. Pero no nos damos cuenta de que no existe un cinturón sanitario moral entre gobernantes y gobernados (entre otras razones porque nos gobiernan quienes han sido elegidos por nosotros para ello). El ser humano no actúa reflexivamente como se intenta hacer creer desde la utopía ilustrada sino que se mueve por impulsos emocionales, propios del ser social que es y que por tanto funciona por empatía y contagio. El zeitgest (espíritu del tiempo) cuenta más de lo que se cree, y colectivos humanos muy amplios acaban actuando grupalmente creyendo que lo hacen por decisión individual.

Desde hace tiempo sostengo que uno de los problemas raíz de España y de Cataluña es la ausencia de una cultura protestante influyente. No es un accidente histórico sino el resultado del furibundo combate que la reacción nacionalcatólica llevó a cabo en todo el siglo XIX contra cualquier disidencia, señalando como objetivos principales el protestantismo y la masonería, con unas formas, un lenguaje y unas acciones que fueron todo un avance, stricto sensu, de lo que en el siglo XX sería el nazifascismo. La ausencia de cultura protestante y la necesidad de escapar individualmente al ahogo totalitario ha creado individualistas insolidarios en lugar de personalistas democráticos. El individualismo insolidario español se disfraza de indignación y de populismo pero busca una solución para sí, inmediata e irreflexivamente: eso es lo que explica que en este país se haya votado al gobierno actual y al mismo tiempo se desarrolle una corriente de rebelión contra él.

Los que nos gobiernan están mostrando sus antecedentes fascistas y nacionalcatólicos detrás de su afán por imponer el neoliberalismo de estado, sin que se perciba rastro del verdadero liberalismo que es el núcleo constitutivo de la democracia. Los gobernados enseñan el tradicional espíritu de revuelta popular –que sirve tanto para resistir a los facciosos el 18 de julio de 1936 como para reclamar el regreso del rey felón en 1814– entre el que sí destacan vestigios de la lucha antifranquista que fue una lucha unitaria y popular.

La justeza de la indignación actual no me es garantía de la rectitud moral de muchos de quienes la ostentan. La de quienes son objeto de indignación la conozco de sobras. Pero las emociones de rabia y frustración que se extienden entre la ciudadanía sí me preocupan. Son justas pero no se construye nada a partir de ellas. La prueba es que no existe ninguna acción conjunta, organizada y coordinada, para salir de este estado de cosas. Me pregunto cuáles serán las cifras de participación en las manifestaciones de mañana, y me pregunto también qué porcentaje de votos sacaría el PP si se presentara a elecciones mañana mismo. Las respuestas a ambas preguntas me parecen inquietantes.

Es necesaria una regeneración moral de la ciudadanía, que no pasa únicamente por la protesta. Si la indignación no desemboca en un movimiento político que revierta la situación en las Cortes y el Gobierno, esa indignación no sirve para nada. Bien, sí sirve: una indignación sin traducción en cambio político sirve para abonar el terreno a un populismo antidemocrático. Es cruel decirlo, pero hay que recordar que el movimiento anticorrupción italiano dinamizó la situación que dio paso a Berlusconi.

La regeneración moral que necesitamos pasa pues por la politización real y no la de boquilla. El magnífico ejemplo de organización y movilización de los mineros asturianos no es nada sin un movimiento político que lo sustente, digan lo que digan los espíritus libertarios. Pero pasa también por una regeneración personal, por un acto de voluntad que convierta la desazón, el desánimo y el temor en energías creativas que movilicen también en el sentido individual además del colectivo. Es una oportunidad para cambiar, para mejorar, para aprender, para liberarse de desechos emocionales y rutinas funestas. Si nos indignamos contra la situación económica y política pero no emprendemos una transformación personal es que no hemos entendido nada. Y esa transformación personal es más urgente todavía cuando compruebo que en muchas personas la indignación está dando paso al odio, ese viejo espectro español que nos ha arrojado una y otra vez a la cuneta de la historia. Existe odio en algunos sectores y gente que se muestra satisfecha de odiar. El odio no es motor de cambio político alguno, las revoluciones no se hacen con odio sino con estrategia. El odio es un veneno que destruye todo lo que hay a su alrededor y aniquila a quien se permite experimentarlo. Y existen personajes con ansias de liderar que viven un peligroso ensueño megalómano y prometeico –la alusión al personaje es a posta– que ejercitarán la prestidigitación de hacer creer que es coherencia ética lo que es simplemente odio y amargura.

No se trata de cambiar para regresar a la anterior situación sino para acceder a otra nueva. Y esa nueva situación que deseamos –porque la deseamos, ¿verdad?– solamente puede ganarse con la transformación personal y la colectiva. Lo diré con claridad: hasta ahora hemos llevado una vida mediocre, en la que cierto acceso al consumo nos ha mantenido en un ensueño. Nuestra producción industrial es mediocre, nuestros servicios son mediocres, nuestra educación es mediocre. Hemos sido un país de personas mediocres porque no hemos sido capaces de generar un personalismo democrático sino un individualismo vacío. La falta de responsabilización personal fruto de la ausencia de cultura protestante nos ha hecho mediocres, y ahora nos presenta desorientados ante la actual situación, incapaces de actuar con eficiencia. La opinión publicada y la prensa en su conjunto aluden, en un descomunal alarde de ignorancia, a la actitud de Angela Merkel como “luterana”, despreciativamente. Aún persiste la inquisición y el nacionalcatolicismo en bocas de quienes se dicen progresistas. Lo que demuestra la enorme tarea que nos queda por delante.

(Ilustración: Martín Lutero, padre de la reforma protestante).

2 Comments

  1. Estando en líneas generales de acuerdo con tu articulo, me gustaría hacer alguna consideración : el atacar a Merkel por protestante es evidentemente un disparate como bien señalas, denunciarla por la mano de hierro que mece la cuna, como empleada de quien hay mas arriba de ella y que no ha sido elegido por nadie, una necesidad.
    En cuanto a Manos Limpias, hay que ser justos y ver que hubo jueces que pagaron con su vida ese intento de regeneración, y que al fin y al cabo, Berlusconi fue la transformación gatopardiana en clave esperpéntica, con grandes similitudes con lo que está pasando aquí: la imposibilidad de un cambio democrático en profundidad y radical con respecto al actual stato quo.
    Realmente tengo miedo que ante la actual situación no exista una organización y un liderazgo capaz de dar respuesta unitaria a esta monumental estafa. Creo que cada grupo va a pecar de sectarismo en vez de sentarse y sacar un documento de no mas de cinco o seis puntos que vertebren la indignación. Además ,pienso que esa coordinación tendrá que ser supranacional, pero soy muy pesimista.
    Por cierto, que el otro día pensé en tí viendo esto http://www.youtube.com/watch?v=boXnyIEu3fw
    Es inquietante ,nos lleva de nuevo a la Italia de Mani Puliti y se queda uno a cuadros viendo la rehabilitación de semejante personaje. Que conste que no tengo nada en contra de la autentica masonería,pero al final el problema es que no se cual va a ser la verdadera, porque lo que es poder,estos ciertamente lo tenían. Un saludo

    1. Totalmente de acuerdo con tu comentario.Como has visto, no mencioné a los jueces italianos para nada, solamente el estado de ánimo popular. Saber cuál es la auténtica masonería es muy fácil: la que se organiza en obediencias (federaciones) de logias debidamente registradas, dispone de cartas patente de potencias masónicas que la avalan y pone como horizonte ético la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

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