Esta vez no tocaba

Ni rastro de reventadores, antisistema violentos y provocadores esta vez en la reunión del BCE en Barcelona. El secretario de estado de seguridad, Ignacio Ulloa, ha sacado pecho: “Cuando existe presión y control, los violentos no acuden”. Felip Puig, conseller de interior, más, y sobradísimo: “Creo que con los Mossos hubiera sido suficiente”. Hace cuatro días, según cierta manera de mirar, Barcelona era la Rosa de Fuego rediviva, y ahorita mismo, Disneyworld, gracias a que “la policia està al servei dels ciutadans”, como cantaba, con toda la sorna del mundo, el bianamado Pi de la Serra. De modo que cabe preguntarse si el control y la amenaza de represión han sido la medicina que la situación necesitaba.

Pues un servidor no sabe qué pensar. Si en la ciudad estuviese radicado un movimiento violento, alimentado o no desde el exterior, se hubieran producido incidentes, ya que la experiencia histórica enseña que el control policial, por importante que sea, no frena este tipo de protestas si quienes las animan están decididos a llevarlas a cabo. Desde luego, el despliegue policial realizado tiene alto poder intimidatorio, pero las personas que componen este tipo de grupos en todo el mundo tienen el prurito de hacer sentir su presencia de un modo u otro, y en cambio aquí no ha habido ni el menor “salto”. Si existe en Barcelona un movimiento de subversión violenta ha de ser muy peculiar.

Explicaré mi visión del asunto. Creo que en Barcelona ha existido un pequeño grupo de revuelta urbana, con algunos de sus elementos semiprofesionalizados, y otros deseosos de estarlo. El capitalismo produce lumpenproletariado, y en la sociedad compleja, éste adopta formas diversas. El lumpenproletariado “ideologizado” ha estado siempre vinculado a los movimientos sociales radicalizados, y la Barcelona de los 30 ofrece enseñanzas de manual en este sentido. Ciertos líderes ideológicos han buscado en este lumpen fuerza de choque, y a menudo la interacción entre unos y otros ha dado lugar a organizaciones fuertes, llámense CNT-FAI o patotas peronistas en Argentina.

Para que la violencia latente propugnada por el lumpen pueda hacerse efectiva es necesaria siempre la inducción y dirección ideológica. En Barcelona ha existido y existe cierto lumpen surgido de los restos del movimiento okupa, sus adherentes y las gentes vinculadas al negocio de los bares ilegales, entre ellos algunos extranjeros rebotados de ciudades menos permisivas. Ese subsector social se agrupó y consolidó gracias a la combinación de estulticia e ineficiencia de los ayuntamientos de izquierdas. No me cabe duda que agentes exteriores buscaron en él un peón que mover cuando les conviniese. No acierto a identificar tales agentes, pero Barcelona ha sido un éxito como ciudad demasiado brillante como para no interesar a quienes buscan proponer una alternativa mundial al sistema democrático sembrando mierda. No puedo identificarlos, pero baste decir que la caída del muro de Berlín dejó intactos los canales internacionales que antes se movían desde capitales centroeuropeas y norteafricanas desde los que se había trabajado intensamente en los años 70 y sus correspondientes provisiones de fondos.

Lo que me sorprendía en esa época, pues, no era que ese conglomerado estuviese activo, sino que la policía no fuese capaz de infiltrarlo. Una explicación podía ser una dejación de funciones de la Guardia Urbana, cuyo grupo musculado, formado por Ángel Abad bajo el mandato de Narcís Serra, tenía toda la cualificación para hacerlo, no en vano Ángel había sido un disciplinado militante comunista y muy motivado por el episodio de la extrema izquierda antidemocrática italiana. Otra explicación podía ser, simplemente, que los Mossos d’Esquadra, habiendo asimilado inquietantemente los peores modos y cultura de la Policía Nacional, fuesen incapaces de tener la finura suficiente como para realizar tal labor. Cierto es que esto segundo es un hecho y que, respecto a lo primero, baste decir que los vecinos de la Rambla piden que se instalen cámaras en la calle no para controlar a los chorizos sino a los urbanos que corren para otro lado cuando ven un trilero o un carterista.

Pero no había pensado en una tercera posibilidad. Que este sector estuviera adecuadamente infiltrado y manipulado, de modo que pudiera ser dócil a una gestión teledirigida. Por ejemplo, que se produjesen disturbios en las manifestaciones de trabajadores e indignados, con lo que se podía desprestigiar a estos movimientos y de paso encarcelar, a modo de escarmiento, a algunas personas. (Recuérdese que Barcelona es la ciudad del Caso Scala, y que la persona detenida el 1 de mayo es una dirigente de la CGT, sindicato libertario).

No es necesario que esa infiltración sea obra directa de la policía, y conste que soy partidario de que la policía infiltre esos grupos para neutralizarlos. En este tipo de cosas se juega siempre por carambola. Pero empieza a parecerme que tal infiltración se ha producido ya. Porque unas veces los grupos funcionan, y otras, como ahora, no. Un signo que, de corresponder a la realidad, denotaría mayor eficacia de la supuesta.

 

2 Comments

  1. El título que le has puesto al artículo define mi punto de vista. Creo que los grupos de violentos asentados en Barcelona están dirigidos por ideólogos neofascistas de la ultra derecha, que actúan cuando hay manifestaciones izquierdistas para desacreditarlas, y que desaparecen cuando se trata de proteger los intereses del cartel financiero, al no haber protesta ciudadana convocada.

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