Amazon.es venderá ya ebooks en español y catalán (y las editoriales siguen con su política suicida de precios)

Amazon.es anunciará el jueves 1 de diciembre la venta directa desde España de libros electrónicos en catalán y castellano de la plataforma Libranda y del dispositivo de lectura Kindle, según leo en el diario Ara en una información firmada por Jordi Nopca. Pero hasta el momento, los ebooks de Libranda no son compatibles con KIndle, si bien fuentes de esa empresa especifican que están trabajando para solucionarlo.

La cuestión de los precios de los ebooks vuelve, así, a ponerse sobre la mesa. Amazon negocia con las editoriales desde la posición de fuerza que le da su hegemonía en el sector (basada en el excelente servicio que presta) pero los precios de los libros electrónicos sigue siendo altamente cuestionable. El puente de los asesinos, el último libro de Arturo Pérez Reverte, por ejemplo, cuesta 19,50 € en papel y 11,99 en digital; casi siete euros y medio de diferencia en un formato de edición que no devenga gastos de: a) papel; b) impresión); c) encuadernación; d) almacenamiento; e) transporte; f) margen para el distribuidor; g) margen para el librero.

Por el momento, las editoriales de libros están cometiendo, en el sector digital, el mismo error que cometieron las de discos cuando pasaron del elepé de vinilo al compact disc. Se olvida que fue entonces cuando comenzó la desafección de los clientes consumidores de música respecto a los fabricantes de soportes (que no de la producción musical) al darse cuenta de que las discográficas simplemente les timaban al aumentar de precio el CD al mismo tiempo que sus gastos de fabricación descendían en picado respecto al soporte anterior. Repásese la relación anterior de elementos que intervienen en el precio final del libro, compárese con éste y dígasenos si no les entran ganas de que Amazon apriete las clavijas a los susodichos hasta que saquen la lengua.

Así pues, por más milongas que se manden editores, distribuidores y libreros, estaremos siempre en lo mismo: el libro electrónico no cuesta lo que vale, y todo lo demás es “fugir d’estudi”: asumir que la obligación de los productores es dar servicio a precio justo y no timar al personal.

En este contexto, las jeremíadas respecto a una hipotética desaparición del libro en papel son meros ejercicios de estilo para aparecer en espacios de debate en los periódicos de referencia (de referencia para quienes están en el negocio de la cultura). Servidor tiene en casa unos diez mil libros en papel y continúa comprándolos, tanto a las librerías físicas como a Amazon. Dispongo de un Kindle y en él me descargo todo tipo de materiales, libros libres de derechos y ediciones comerciales electrónicas via Amazon, que pago religiosamente. Hay libros que prefiero tener en papel y otros que me va mejor agruparlos en Kindle para llevarlos conmigo; unos no excluyen a otros, con lo que podemos ver que la falsa polémica se centra sobre formatos de lectura, mientras que lo relevante son las dimensiones de uso.

El problema son, en todo caso, las librerías. En una encuesta publicada hace pocas semanas por El País, un autor declaró, al ser preguntado sobre si desaparecerían estos establecimientos: “Las librerías ya han desaparecido, lo que hay son expositores de novedades”. Servidor se deja un montón de pasta en estos expositores; la semana pasada, sin ir más lejos, 300 moniatos de una tacada. Soy un cliente al que cualquier librería debería recibir con alfombra roja, y pienso seguir siéndolo. Pero para llegar hasta ellas debo gastar gasolina, autopista, aparcamiento y tiempo, y… Amazon me trae a casa lo que deseo en un máximo de dos o tres días y sin gastos de envío a cambio de un suplemento de 14 € al año. En cambio, la librería de la que hasta ahora era cliente acaba de anunciarme que suspenden las cuentas por cuotas, con lo que deberé cancelar la mía. Una manera como otra de dispararse al pie, al eliminar un elemento de fidelización de clientela. Me pasaré a La Central, que ofrece descuentos del 5% inmediatamente al sacar la tarjeta de cliente (en 25 años, mi ex librería no me ha ofrecido ninguno) y también cuentas.

Esperemos que la iniciativa de Kindle haga aumentar la demanda de libros electrónicos, que ésta introduzca sensatez entre los editores y que éstos y los agitadores al servicio de lo que yo me sé renuncien a llamar piratas a los clientes que les dan de comer. Porque, como la memoria es débil, olvidamos que la piratería nació con los industriales y no con los consumidores. Con aquellas liquidaciones hechas a los autores en las que se les timaba contundente y descaradamente.

Ilustración: el último modelo de Kindle.

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