Transcurridos ocho días de 2012, ya son cinco las mujeres muertas a manos de sus maridos, y un hombre acusado de matar al bebé de su compañera. El año 2011 se cerró con 67 feminicidios, es decir, un promedio de 1,28 crímenes por semana. El año nuevo hace subir la estadística: seis asesinatos en una semana causados por la violencia machista.
La persistencia de estos feminicidios puede causar un efecto perverso: que acabemos por acostumbrarnos a ellos por habituales. La respuesta, indignación aparte, suele ser la apelación a las leyes vigentes al respecto, en tanto que castigo y represión de tales hechos. Dado que la aplicación de la ley ha sido, con todos los matices que se quiera, tan persistente como los crímenes cometidos, cabría esperar que tuviera cierto efecto disuasorio. Pero los hechos demuestran que tal efecto no se produce. ¿Hay que seguir reclamando que siga la represión policial y judicial de los asesinos? Sí, pero no basta.
De todas las revoluciones desencadenadas en el siglo XX, la única que ha triunfado ha sido la feminista. Desde la labor pionera de las sufragistas hasta hoy, el camino recorrido por la reivindicación feminista ha sido tan largo como exitoso. Las leyes de los países civilizados recogen, con matices y alguna lamentable excepción, el consenso democrático existente respecto a la igualdad de las mujeres. Con todas las dificultades que se quiera, la idea de que la humanidad no puede vivir marginando a la mitad de sus miembros se ha instalado en las sociedades, de modo que los países que no son consecuentes con esta constatación destacan de manera escandalosa, sea por razones religiosas, culturales o tribales. Tal contraste ha arrojado ante nuestra vista lo que cada vez se considera cada vez como más evidente: existe relación directa entre la falta de democracia, la opresión general y el subdesarrollo con la ausencia de relevancia de las mujeres en las sociedades concernidas
Los derechos de la mujer y su igualdad de derecho y de hecho no es solamente una reivindicación sectorial o específica sino un sine qua non de la democracia, la convivencia, la paz y la prosperidad de los pueblos. Tenían razón Rosa Luxemburgo, Annie Besant, Olympe de Gouges, Victoria Kent, Margarita Nelken, Ángeles López de Ayala y las pioneras cuáqueras: negar la igualdad de las mujeres equivale hoy a situarse no sólo fuera del consenso democrático sino de la civilización. Por más que persistan actitudes reticentes en ciertas instituciones, por ejemplo en el caso de la iglesia católica romana, que niega a la mujer el sacerdocio basándose en una lectura reduccionista y cultural de la Escritura, podemos comprobar que al mismo tiempo las iglesias pertenecientes a la Comunión Anglicana no solo ordenan mujeres a ese ministerio sino que una confesión tan importante como la Iglesia Episcopal norteamericana (a la que pertenecen, por ejemplo, Ben Affleck, Helena Bonham-Carter o Kate Winslett) tiene a la cabeza de su jerarquía una obispa presidente, la Muy Reverenda Katharine Jefferts-Schori, una oceanógrafa de profesión que también pilota aviones. En España, la institución equivalente, la Iglesia Española Reformada Episcopal ordena mujeres al ministerio presbiterial, como la Rev. Susana Woodcock, rectora de la Església de Crist de Sabadell y vicepresidenta de la IERE o la Rev. Cruz Zenaida Aguilar Rodríguez, rectora de la iglesia del Redentor de Salamanca.
Así las cosas, los asesinatos de mujeres fruto de la violencia machista no son actos aislados de gente enloquecida, sino una contrarrevolución violenta en toda la regla. Son una expresión trágica de la reacción de ciertos hombres a los resultados del triunfo de la revolución feminista. La emancipación femenina es algo que no pueden soportar, en su propia carne, en su misma vida. Puedo intuir –es solamente una reflexión personal– que el hecho de que la sociedad no mantenga a las mujeres aherrojadas les causa tal desazón que se sienten desprovistos de su identidad. Una identidad basada en una relación de opresión al otro sexo, que cuando la compañera no se somete a esa opresión se siente amenazada gravemente, y responde con violencia. ¿Una violencia innata o aprendida? Ese es un debate viejo e irresuelto, pero la reacción violenta está ahí. ¿No podrían simplemente dejarlas partir? Se comprueba que no, que la opresión posesiva es llevada hasta la agresión mortal. No es un crimen cualquiera, es una venganza. Y ese crimen repetido, reproducido por unos y otros no es una suma de hechos individuales, es un fenómeno social. Por eso lo llamo una contrarrevolución. Es una reacción violenta contra un nuevo estado de cosas que resulta insoportable.
Por eso considero que el imperio de la ley no basta. Tampoco una “educación” o “reeducación”, incluso. No sé cuál es la solución, pero para hallarla debemos ser conscientes de que ese asesinato masivo, continuado, recurrente no es una agregación de conductas individuales delictivas. Es una reacción grupal. Yo la llamo contrarrevolución porque la considero el resultado de una revolución social que ha triunfado y que se manifiesta violentamente contra el nuevo estado de cosas. Quizás sea necesario algún tipo de acción política, y por supuesto, acciones sociales que vayan más allá de los bienintencionados minutos de silencio o manifestaciones de protesta frente a los ayuntamientos. Pero muy probablemente no estemos aún en condiciones de identificar de qué tipo de acciones sociopolíticas se trataría, puesto que la situación es del todo nueva. Nunca hemos asistido a una contrarrevolución de este tipo. Pero es una contrarrevolución en toda la regla.
Foto: la Muy Reverenda Katharine Jefferts-Schori, obispa presidente de la Iglesia Protestante Episcopal de los Estados Unidos de América.
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