No creo que el juez Baltasar Garzón haya sido llevado ante los tribunales por haber perseguido delitos relacionados con el franquismo. La cacería a la que el magistrado está siendo sometido no es la revancha de franquistas ideológicos que desean cobrarse la cabeza de un justiciero antifascista sino una acción de cirugía sanitaria para extirpar el tumor de quien ha sido capaz de hincar el diente en la estructura central de la corrupción económico-política, el caso Gürtel. Si además quitan de enmedio a una persona que incomoda su concepción patrimonial no sólo del poder sino de España, miel sobre hojuelas. Pero el justiciero radical que la izquierda que pivota en torno a IU ve en él es otra cosa.
La izquierda española viene teniendo una tentación digamos peronista, cierta pulsión de irredentismo fruto de las carencias de la transición y de la sustitución de la hegemonía comunista por la socialdemócrata. Se siente huérfana de un líder carismático, que Santiago Carrillo no pudo ser porque no era “coherente” sino adaptable a las nuevas realidades. Empezó a serlo Julio Anguita y aún se le añora más de lo que parece en muchos andurriales por parte de gente de buena fe, luchadores valientes que no entienden de los matices que la sociedad de la complejidad impone a quienes deseen revolucionarla; que Cayo Lara ocupe ahora su lugar responde en cierto modo a esa añoranza. La persecución de Pinochet y de los torturadores argentinos –legítima y necesaria– hace de Baltasar Garzón, ante esa mirada, el sostenedor de una hidalguía que quiere llegar él solo con la punta de la justicia hasta donde la sociedad española no pudo hacerlo en su conjunto durante la transición. El liderazgo de la izquierda del futuro inmediato, tanto la postcomunista como la socialdemócrata, sin embargo, no será individual ni personalizado sino colectivo. Lo veremos cuando se renueve la secretaría general del PSOE, sea quien sea el que la ocupe; lo vemos ya en las dificultades del movimiento indignado para avanzar. Catalunya está más madura en este sentido; la sustitución de Joan Saura por Joan Herrera y Joan Coscubiela –una bendición del cielo de los rojos para la gente como yo– lo demuestra, y además, en mi país el peronismo se juega en el campo del independentismo.
En la imputación de Garzón, Falange, Manos Limpias y otros han sido meros mamporreros de quienes les ordenan y mandan. La ultraderecha militante (ayer Blas Piñar y ahora otros) nunca ha sido más que la sirvienta del dinero y el poder realmente existente. Y ese núcleo no es otra cosa que franquismo sociológico, reconvertido sucesivamente gracias a Fraga, Aznar y la inanidad del PSOE de los últimos años, en hegemónico. La suscitación de causas por crímenes franquistas no toca un pelo a ese sector ni a ese poder. Es Gürtel lo que duele, y por él Baltasar Garzón ha sido puesto a los pies de los caballos.
Ese sector ha esperado, taimadamente, que la vanidad del ahora encausado acabara por traicionarle. Es consciente de que la cultura de la izquierda española hace que sus movimientos reivindicativos acaben siendo estériles, porque su planteamiento, práctica y orientación es incapaz de afectar en lo profundo al conjunto de la sociedad para poder movilizarla (véase el caso del Sahara). Alguien que se ha presentado como cabeza de lista del PSOE en Madrid y, al no concedérsele la cartera de Justicia e Interior dimite y se venga persiguiendo, de nuevo como juez, a quienes se supone que se la debían no es visto como alguien de fiar ni por el chico de los recados del colmado. Otra cosa es que la venganza de la cual es ahora objeto a su vez sea infame y ponga en evidencia que el problema de la construcción de la democracia española no radicaba en el ejército sino en la justicia.
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