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Archivos para octubre 31, 2012

Ni truco ni trato pero a favor de la fiesta de Halloween

Cada año por estas fechas, la misma polémica: a favor o en contra de la celebración en nuestras tierras de la fiesta de Halloween. En contra: los que creen que es una simple acción comercial con fines consumísticos, una muestra de otra cultura ilegítimamente trasplantada, una costumbre que irá en demérito de la cultura folklórica propia. A favor: los que piensan que es una fiesta divertida y un buen motivo para una alegre celebración familiar.

Esta vez, sin embargo, los disidentes del Halloween de importación han objetado la fiesta con un lema que he visto en alguna ilustración publicada en Facebook: “Ni truc ni tracte”. Y se me han erizado los pelillos del antebrazo antes de encomendarme a San Berlitz. No se trata de ningún truco ni de trato alguno. Simplemente, de una traducción apresurada o adaptada a las exigencias del doblaje de las películas.

La frase que pronuncian los niños americanos al llamar a la puerta de un vecino, “trick or treat” no significa en absoluto “truco o trato”, aunque esta sea, a primera vista, la traducción de ambas palabras. Los traductores conocen bien las trampas que tienden los “falsos amigos”, pero los adaptadores de películas para el doblaje tienen que hacer frente a exigencias que van más allá de la mera traducción, ya que deben ajustar las palabras traducidas a la vocalización de los actores que aparecen en la pantalla para que se mantenga la sincronía entre imagen y voz. Eso explica la traducción aparentemente literal de trick por truco y treat por trato.

Pero los niños angloparlantes no aluden a truco ni a trato alguno. Trick significa también jugarreta: “to play a trick”, gastar una faena a alguien, por ejemplo. Y treat es un coloquialismo para decir chuchería o golosina. De modo que lo que dicen los niños que juegan en Halloween es “jugarreta o chuche”, es decir, o me das una golosina o hago una travesura en el patio de tu casa. Así se entiende la frase popular, que se ha venido repitiendo miméticamente a partir del cine sin que nadie hasta el momento se haya molestado en explicar en qué podría consistir el famoso truco que se incluye en la disyuntiva.

La fiesta de Halloween tal como la celebran los niños anglosajones en barrios y vecindarios es una reminiscencia de una parte de la cultura popular que está transformándose o desapareciendo. El juego en la calle, en los espacios abiertos, la interacción niños-adultos con la travesura de por medio; la transmisión oral de juegos, dichos y narraciones; la emulación del atrevimiento, el juego valiente y la burla. La pedagogía modernísima ha querido acabar con esos componentes de la dimensión iniciática de la infancia pero se ha encontrado con que otros factores se le han adelantado: la motorización de las ciudades, el individualismo aislacionista, la aparición de nuevos peligros en los espacios públicos (o no tan públicos: los niños de mi edad sabíamos perfectamente que cerca de las atracciones había pedófilos, los teníamos identificados y sabíamos como evitarlos o reaccionar ante ellos. Gracias precisamente a la autonomía personal que nos había proporcionado el juego valiente y la travesura). Deberíamos, pues, alabar esta fiesta anglosajona en lugar de denostarla. El problema es que su traducción entre nosotros se hace mediante los canales comerciales, en parques temáticos o fiestas organizadas por el negocio de la hostelería. Pero no me parecería nada mal que Halloween se instalase entre nosotros si ello llevase a los niños a salir de las madrigueras en que sus padres les mantienen, a ir de puerta en puerta haciéndose los descarados ante los mayores y a jugar en grupo con disfraces, pinturas y cacharros domésticos. Sería una vía para recuperar esa tradición inffantil del juego valiente que la cultura popular propia desea recuperar y a veces no sabe cómo.

Porque jugar a Halloween es muy divertido y la fiesta de Tots Sants es un rollazo. Y los que critican Halloween diciendo que es una estrategia comercial no se deben haber fijado en los precios que las pastelerías ponen a los panellets.

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